Inocente

Alta, uno setenta le calculo, apiñonada; el bikini, muy mini, revelaba senos orgullosos, cintura fácil de abarcar con medio abrazo, glúteos que tan fácilmente cubriría con mis manos, unas piernas bien torneadas, un caminar cadencioso. Todo eso admiraba cuando de pronto sentí un pellizco en el brazo y la pregunta inocente de mi esposa: “¿Qué le ves?”.

Rodolfo Farcug
No. 100, Septiembre-Diciembre 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 619

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