Oswaldo Fasolo

OSVALDO FASOLO

Osvaldo Fasolo, escritor, poeta, periodista y profesional de la radio que  transita desde hace más de 40 años los caminos de la cultura tucumana. Sus libros son utilizados como material de estudio en el secundario y también en la universidad. En 2010 fue nombrado “Legislador de las Artes” en el “Encuentro Internacional de Escritores “Letrarte 2011”  y en 2011 fue distinguido con el “Broche Institucional del Museo dela Casa Históricadela Independencia” y fue jurado  en certámenes teatrales.

La Secretaríade Extensión Universitaria  editó “Ajuste de Cuentos” y reeditó su obra “El Angel”, en la que puede percibirse a un escritor consciente y observador perspicaz de la realidad con la que alimenta su trabajo. En su programa de Radio Universidad,  al aire desde hace aproximadamente seis años, trata acerca del espectro de la cultura de Tucumán y él mismo, en su edición 2011, lo ha denominado “Perdidos en el Paraíso” y se emite los Sábados a las 20 por FM 94,7 Radio Universidad Tucumán.

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Apenas un segundo

Desde niño quiso saber cómo era el momento de la muerte. Una vez se animó. Preguntó y le dijeron: “el momento de la muerte es sólo un segundo que te parecerá durar toda la vida”. Pensativo, esperó que anocheciera y puso el cañón del revólver en el centro de su paladar, cerró fuerte los ojos y apretó el gatillo. El estampido se escuchó lejos, muy lejos. Y aunque de esto hace ya mucho tiempo, aún cree que recién comienza a cerrar fuerte los ojos…

Oswaldo Fasolo
No. 100, Septiembre-Diciembre 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 645

Los amantes

Uno junto al otro, sudorosos, nos movíamos al unísono. El olor de nuestros cuerpos se percibía en lo cerrado del lugar. Mi mano acarició su muslo, ella se estremeció y animado por su reacción me acerqué aún más. Sorprendida me miró y le sonreí para calmar sus temores. Continué con mis caricias, aceptó mi cercanía y gimió. Extasiado en el juego, ni cuenta me dí cuando las puertas se abrieron y la muchedumbre la bajó en la estación Balderas.

José Manuel Romero
No. 100, Septiembre-Diciembre 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 644

Ricardo Gómez Robelo

Ricardo Gómez Robelo
(México, D.F. 1884-1924)

Nació y murió en la ciudad de México. Fue filósofo empeñado en la lucha contra el positivismo, jurisconsulto, poeta, prosista, periodista, pero escribió muy poco. Entre 1901 y 1914 —en que es desterrado a Estados Unidos por haber ocupado el cargo de procurador general de la nación durante el gobierno de Victoriano Huerta— colaboró en las revistas Mexicanas más importantes del momento: El mundo ilustrado, Revista Moderna, Savia Moderna, El Diario, Arte y Letras, El Imparcial. En la Revista Mexicana, dirigida por Nemesio García Naranjo, desde San Antonio, Texas, atacó al régimen carrancista. A su regreso se entregó a labores culturales, pero murió pronto. Tradujo “El cuervo” de Poe en prosa, a Wilde y a Mallarmé.

En tranvía


Subí al tranvía y esperé la hora de partida. Salimos: sonó el timbre bruscamente, y momentos después entraba una maravilla de suavidad y gracia. Al vernos, íbamos a saludarnos; recordamos que era la primera vez que nos encontrábamos y permanecimos quietos. Fue un instante inadvertido para los demás.

Tomó asiento en el lado opuesto al que yo ocupaba, un poco adelante, de manera que, al hablar con el que la acompañaba, me veía, y una fuerza invencible me hacía fijar en ella los ojos, la misma quizá que a ella la hacía mirarme con frecuencia.

Era la nuestra una mirada extraña, sin inquietud, sin curiosidad, confiada, profunda y serena; como se mira un gran campo, o la luna; como se mira cuando se cambia un pensamiento.

A instantes, mi vida, suspensa, contemplaba a la niña (tendría 18 años), a instantes, se agitaba el corazón como por un gran cuidado.

Paró el tranvía, y al levantarse mi vieja amiga, al detenerse junto a mí para recoger su falda, inclinando el busto y alargando el brazo, me hubiera llevado las manos al pecho, en el embelesamiento de admirarla, y aquietando la angustia de perderla.

Pasó sin mirarme: la seguí ávidamente con los ojos, y la vi bajar, la vi subir a la acera, la vi que se volvió a mirarme, mientras yo, con la cabeza fuera de la ventanilla, conteniendo un llamamiento, desfallecía de tristeza…

Y el tranvía continuó su viaje.

Ricardo Gómez Robelo
No. 100, Septiembre-Diciembre 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 639