En tranvía


Subí al tranvía y esperé la hora de partida. Salimos: sonó el timbre bruscamente, y momentos después entraba una maravilla de suavidad y gracia. Al vernos, íbamos a saludarnos; recordamos que era la primera vez que nos encontrábamos y permanecimos quietos. Fue un instante inadvertido para los demás.

Tomó asiento en el lado opuesto al que yo ocupaba, un poco adelante, de manera que, al hablar con el que la acompañaba, me veía, y una fuerza invencible me hacía fijar en ella los ojos, la misma quizá que a ella la hacía mirarme con frecuencia.

Era la nuestra una mirada extraña, sin inquietud, sin curiosidad, confiada, profunda y serena; como se mira un gran campo, o la luna; como se mira cuando se cambia un pensamiento.

A instantes, mi vida, suspensa, contemplaba a la niña (tendría 18 años), a instantes, se agitaba el corazón como por un gran cuidado.

Paró el tranvía, y al levantarse mi vieja amiga, al detenerse junto a mí para recoger su falda, inclinando el busto y alargando el brazo, me hubiera llevado las manos al pecho, en el embelesamiento de admirarla, y aquietando la angustia de perderla.

Pasó sin mirarme: la seguí ávidamente con los ojos, y la vi bajar, la vi subir a la acera, la vi que se volvió a mirarme, mientras yo, con la cabeza fuera de la ventanilla, conteniendo un llamamiento, desfallecía de tristeza…

Y el tranvía continuó su viaje.

Ricardo Gómez Robelo
No. 100, Septiembre-Diciembre 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 639

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