Un hombre apacible

Desplegando los brazos fuera de la cama, Pluma se asombró de no topar con el muro. “Vaya, pensó, se lo habrán comido las hormigas”, y volvió a dormirse.

Un rato después, su mujer lo sacudió: “Mira, holgazán, le dijo, en lo que tú dormías, nos robaron la casa”: efectivamente, un cielo intacto se derramaba en todas direcciones. “Bah, si ya está hecho”, pensó.

Un poco después, escucharon un ruido. Era un tren que se les iba encima a toda velocidad. “Con lo apresurado que va, pensó Pluma, seguramente llegará antes”, y se volvió a dormir.

Luego los despertó el frío. Estaba empapado en sangre. Unos pedazos de su mujer yacían cerca de él. “Con la sangre, pensó Pluma, siempre surgen muchos disgustos; si ese tren no hubiera pasado, me hubiera alegrado mucho. Pero ya que pasó…” y se volvió a dormir.

—Veamos, decía el juez, ¿cómo explica usted que a su mujer la encontraran partida en ocho pedazos sin que usted, que estaba a su lado, pudiera hacer algo para impedirlo, sin siquiera darse cuenta? He ahí el misterio. Todo el problema está en eso.

—Si sigue por ese camino no puedo hacer nada por él—, pensó Pluma y se volvió a dormir.

—La ejecución se efectuará mañana. Acusado ¿tiene usted algo que añadir?

—Discúlpeme, dijo, no seguí el proceso. Y se volvió a dormir.

Henri Michaux (Trad. Elena Milán)
No. 100, Septiembre-Diciembre 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 705

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