El arcángel


Anoche, ya tarde, estuvo a visitarme un arcángel. Para que yo pudiese verlo adoptó la apariencia de una mujer. Venía fatigado y se dejó caer en un sillón del que más tarde les costaría trabajo desprenderse. Quise contarle mis cuitas, pero me bastó echarle encima una mirada para comprender que no hacía falta. Me miró con amor, o al menos con compasión. Con amor castísimo y por consiguiente un tanto heroico. Sus ojos, que tenían el color y la dulzura de la miel, alcanzaron a consolarme como lo hace la sonrisa de la mujer amada. Comprendí que él también estaba solo y que su soledad era un gesto solidario. Luego supuse que venía a obsequiarme la muerte, aunque era evidente que estaba desarmado; un olvido, o las fuerzas insuficientes del cuerpo elegido para materializarse en mi presencia podrían explicar que no empuñara la espada habitual. Dos o tres veces estuvo a punto de hablar, pero finalmente guardó silencio a mi lado, porque tampoco hacía falta que él me dirigiese la palabra. Antes de marcharse alzó la diestra y con el índice extendido me rozó el costado. Su toque fue leve y definitivo. Dejó impreso en mi alma el escozor de la ausencia.

Felipe Garrido
No. 97, Marzo-Abril 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 275

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Marta Nos


Marta Nos.

 Nació frente al parque Lezama y creció en el Gran Buenos Aires. Desde chica fue muy inventona, y le gustaba secretar verdades y mentiras con sus compañeras. Dibujó, pintó y escribió mucho. También jugó mucho. Pero más con animales que con muñecas, que son medio zonzas y no tienen gustos propios como los gatos, las gallinas o los escarabajos.
Desde hace algunos años Marta nos goza y travesea escribiendo cuentos y rimas para gente menuda. 
Vive entre un montón de plantas y la pasa muy bien en la compañía de Quark, su gata gordísima, de Lenca, su gatita siamesa y de Cinturón Negro, su tortugo. Con quien no la pasa aún bien es con Penélope, su computadora rebelde.
Le encanta recibir cartas y dibujos de sus lectores.[1]

Consumo no convencional de tabaco

La acerca a un foco: quiere verla mejor. Luego enciende un cigarrillo, se permite una bocanada de humo y sacude las cenizas. Entonces presiona la brasa redonda contra la mejilla de la mujer, contra los labios, contra el cuello. Poco a poco  recupera su odio. Después es el escote, y los pies, el pliegue interno del codo, los párpados, hasta aplastar el cigarrillo, hasta deshacerlo. Reconoce el olor. No es la primera vez que quema una foto de ella.

Marta Nos
No. 97, Marzo-Abril 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 273

Incompetencia

El príncipe besó a la bella. No despertó.

Volvió a besarla. Ella ni siquiera cambió de posición para defender su sueño.

Él dudó un momento, pero luego introdujo su lengua en la boca de labios pálidamente coralinos. Ningún cambio.

Desesperado, empezó a morderle las orejas, a besar su cuello, a hacer caricias que el pudor me impide transcribir… Pero nada.

El príncipe, avergonzado, no protestó cuando di vuelta a la hoja.

Raúl Aguilera Campillo
No. 97, Marzo-Abril 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 272


Raúl Aguilera Campillo. Nació en San Francisco, California, el 24 de enero de 1966. Poeta. Radica en México. Estudió lengua y literaturas hispánicas en la FFyL de la UNAM. Colaborador de Casa del Tiempo, El Financiero, Mala Vida, Ostraco y Topodrilo. OBRA PUBLICADA: Poesía: Pájaro diablo, Nautilium, 1993. || La tierra es oscura (plaquette), Mixcóatl, 1996. ||Tragos o río de humo, La Tinta del Alcatraz, Toluca, 1997. || Larvario, JGH, 1998. || Un árbol duerme en tus ojos, UAEM/La Tinta del Alcatraz, Toluca, 2000.

Prosapia


“Resulta que don Lucio necesitaba ver urgentemente a cierto señor Cildañez y conocía solamente su dirección aproximada en el barrio de San Telmo. Allá fue, pues, el atildado coronel Mansilla. Las vagas indicaciones que le habían dado sobre el domicilio del tal Cildañez lo llevaron a un portón verde, con gruesa aldaba de bronce. Golpeó. Segundos después, un señor de unos cincuenta años y con cara de pocos amigos le abrió la puerta. “—¿Caballero?—“ preguntó el dueño de la casa “—¿Es usted por casualidad el señor Cildañez?—“ interrogó el novelista. A lo que el señor, indignado, replicó: “—No, no soy el tal Cildañez. Y si lo fuera no sería por casualidad, sino porque mi madre es una mujer honesta”.

Carlos Marcucci (aludiendo a Lucio V. Mansilla)
No. 97, Marzo-Abril 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 266