Me llamo Coca Cola

Llegó un momento en que me desesperó vivir dentro de esta casa de cristal. De cristal tan grueso y posesivo como una amante gorda y miope.

Mirándome a través de los transparentes muros de mi hogar, las burlonas caras de los niños me recuerdan aquellos padres que extasiados, observan a los recién nacidos en sus incubadoras.

Tal vez las asfixiantes características de mi morada fueran soportables de no ser por el monótono cosquilleo del gas, que insolente, penetra hasta el último rincón del aposento.

Y sin embargo, a pesar de mi fastidio, el mayor temor que albergo es saber que algún día tendré que pasar mis últimas horas de vida en la abultada panza de algún mediocre burócrata, que sentado en su añejo sillón frente al televisor, se tome “su” coca-cola creyendo que yo, sí yo, soy “la chispa de la vida”

Jorge Antonio García Mora
No. 97, Marzo-Abril 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 292

Ana María Carrillo Farga

Ana María Carrillo Farga

Licenciada en Sociología por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, y maestra y doctora en Historia por la Facultadde Filosofía y Letras. Catedrática de la Facultadde Medicina de la UNAM, donde ha impartido seminarios sobre la historia de la salud pública en México. Es jefa del Departamento de Salud Pública de la Facultad de Medicina de la UNAM. Miembrodel Sistema Nacional de Investigadores nivel I. Miembro de Historiadores de las Ciencias y las Humanidades. Recibió el Premio Nacional Susana San Juan por su ensayo Parteras tradicionales: su contribución a la humanidad de la prehistoria al siglo XXI.[1]

Dos

Primero fuimos uno: uno tú, uno yo. Más tarde fuimos dos en uno: tú y yo. Y desde entonces todo fue dos; lo tuyo más lo mío: dos paisajes, dos tristezas, dos recuerdos, dos sonrisas; siempre lo tuyo más lo mío, siempre dos cosas para los dos.

Un día quisiste que fuéramos tres; dos para uno, uno para los dos.

Uno que saldría de los dos: de ti que eres uno, de mí que también lo soy. Sería también de los dos sería uno para los dos.

Pero tres no pudo ser, y nos quedamos solos tú y yo. Después ni tú ni yo: ya no pudimos ser dos. Tú, uno, te volviste sobre ti; yo, el otro, me quedé solo.

Y ahora soy sólo uno.

Gerónimo Martínez García.
No. 97, Marzo-Abril 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 287

Gerónimo Martínez García. Novelista. Nació en El dorado, Sin. Estudió en la Escuela Normal de Sinaloa, Economía en la UAS y realizó estudios de postgrado en El Colegio de México y en la Escuela Superior de Economía del IPN. Es autor del volumen de cuentos Cosas de la vida; la novela El mundo de Arthur Benedict; y la serie Historias policiacas del archivo del comandante Jorge Zárate Rendón (El factor VS, El caso del jugo de la eterna juventud, Cafetos rojos, Alas de cristal y Para que ellos puedan vivir). Fue secretario de Educación Pública del estado de Sinaloa.[1]

Escribir cansado

A pesar de su cansancio decidió escribir un cuento breve para enviarlo a una revista: sobre la marcha —pensó— irán tomando forma los personajes y comenzará a plantearse la anécdota final. Alisó una hoja blanca de papel y tomó el lápiz para iniciar su narración. Empezaron a ser descritas, sin que él mismo supiera cómo, unas mujeres aladas con colas translúcidas y crestas ondulantes de plumas de cristal. Tenían los cabellos luminosos, y sus labios, escarchados, esbozaban gestos que a él le parecieron amenazantes. Continuó escribiendo sin hacer caso del cosquilleo que empezaba a nacerle entre los dedos y se decidió por cambiar el aspecto de esas mujeres, que, sin embargo, continuaban definiendo sus contornos de nervaduras aéreas, de plumajes cristalinos, de límites transparentes. Él no deseaba describir a semejantes criaturas. Él quería escribir un cuento con anécdota al final. El cosquilleo se acrecentaba y le subía por la mano, por el brazo, le llegaba al hombro en forma de un dolor intolerable y el lápiz, obedeciendo a impulsos que no eran los de él, se deslizaba sobre la hoja de papel añadiendo rasgos en aquellos rostros que crecían, describiendo vapores de hielo en aquellas bocas escarchadas, delineando con palabras ajenas a las figuras aladas que desde aquella superficie blanquísima, arrojaban hacia él un rumor helado que se impregnaba en su frente y lo llenaba de miedo. Retiró el lápiz con la mano temblorosa, y un zumbido de cantos encerrados le hizo doblar la cabeza sobre el pecho, sobre el dolor de su pecho que, incontenible, lo llevaba a descender a ese espacio en el que todo era frío y en el que una mujer, sólo una, abría hacia él sus alas cristalinas y mudaba sus gestos amenazantes por una sonrisa de amor. El lápiz rodó de su mano, y él, sin queja alguna, se fue dejando caer.

Sergio González Salvador
No. 97, Marzo-Abril 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 285

Algo de Sergio Gonzáles en: http://www.boletinesanteriores.ujat.mx/al_dia/2006/julio_06/5_libro.html