Roberto Laserna

Roberto Laserna

Nació en 1953. Es un escritor y economista nacido en Bolivia. Obtuvo el doctorado en la Universityof California, Berkeley en planificación regional y urbana. Como escritor, ha publicado en el género de cuento, con el que obtuvo el Premio Nacional Franz Tamayo en 1976. En el campo de la investigación social ha realizado estudios sobre pobreza urbana, política antidrogas, desarrollo humano, movimientos y conflictos sociales, rentismo y democracia. La democracia en el ch`enko es uno de sus más recientes libros y en él explica cómo funciona uno de las causas menos estudiadas del estancamiento económico: la heterogeneidad estructural. En un libro posterior, “La Trampa del Rentismo” Laserna trabaja en colaboración con José Gordillo y Jorje Komadina y exploran la influencia que tiene la abundancia de recursos naturales sobre las instituciones políticas y la cultura económica. Fue Profesor en la Universidad Mayor de San Simon, y ha pasado temporadas enseñando en la Universidad del Pacifico (Lima) y en la Universidad de Princeton (2003–2004). Es investigador de CERES, un centro académico privado con sede en Cochabamba (http://www.ceresbolivia.org)y es Presidente de Fundacion Milenio, un centro de pensamiento y debate económico que tiene oficinas en La Paz (http://www.fundacion-milenio.org).[1]

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Sujetos (ó dadivavidadivavi)

La Estrella, rutilando con los flashes, bajó del auto. Compasivamente, su mirada se posó en el hombre.

—Vi dádiva en la vida de la diva —diría después un periodista.
—Vi vida en la dádiva de la diva —explicó aquel hombre.
—Vi diva en la vida de la dádiva —moviendo pesarosa la cabeza, su mujer.
—Vi dádiva en la diva de la vida —admirado y orgulloso el representante.
—Vi vida en la diva de la dádiva —escribió en su diario una muchacha.
—Vi diva en la dádiva de la vida —pensó con nostalgia su madre.
—Era apenas una moneda —dijo Ella con naturalidad— y me sobraba.

Roberto Laserna
No. 97, Marzo-Abril 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 304

El calendario

La tienda era antigua, de madera oscura, casi vacía. Ahora, en los grandes almacenes la vista se nos llena de colores y de mercancías, pero antes, había un prestigio donde los productos no se nos metían por los ojos, simple y llanamente la gente iba a buscar algo y todo debía estar en perfecto orden para encontrar un bies de color carmesí pálido o un encaje de Holanda de tres centímetros de ancho. Y desde entonces, desde ese entonces, desde ese orden antiguo, parecía que la mujer estaba ahí, de diez a ocho, de diez de la mañana a ocho de la noche, viendo a través de la vidriera, robando una rebanada mínima, pequeña, de cielo por la puerta, que se colaba apenas entre el marco, el poste, el eterno edificio de enfrente y el semáforo.

Se veía tan polvosa como los estantes, sólo era diferente en sus ojos, donde estaba estancado el sueño de salir a la calle y no volver a estar bajo ningún techo, de viajar plenamente en otras calles, en alguna colonia de las que hacía mucho escuchaba. Los domingos parecía que iba a retomar la vida, empezaba a contar el día por el tiempo suficiente para ir al parque o al mercado, y no por veinte pesos vendidos o faltantes en el corte.

Para ella cualquier cambio habría sido un milagro, hasta recargarse en otro sitio, en otro punto de la tienda, no donde la madera estaba lisa y se acomodaba a su brazo, pero nunca había probado a ver otro punto del cielo que el señalado, tal y como se ve en el calendario.

Aurora Mosso M
No. 97, Marzo-Abril 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 300

La promesa


Un día apareció en la cripta de la catedral de Lund, Suecia, un recipiente de agua bendita azul, fría, imposible de tocar. Se conjeturaron explicaciones, señales. Al mes de infructuosos intentos, un diácono dejó abierta una puerta y se metieron perros y palomas que llegaron hasta el borde de la pila. Bebieron del agua y al instante se convirtieron cada uno en un pedazo de piedra azul. Entonces los seglares derramaron con otros animales el agua sobrante y con las piedras azules construyeron, en las habitaciones de los concilios, un muro que favorecía el silencio de los cónclaves. Cada año, próximo el primer equinoccio, una noche las piedras adquieren sus formas originales y en el templo se escucha un regocijo no siempre espiritual. Varios neófitos, en las dos décadas siguientes, soñaron que el Día de los Días uno de los muros del templo se convertiría en agua pura y helada, sólo para mojar los pies de los justos que logren llegar vivos al templo, donde esperarán la consumación de los juicios, los terremotos y los incendios, en ese sitio tranquilo y helado.

Carlos Montemayor
No. 97, Marzo-Abril 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 297

La sirena cautiva


De repente ella se vio atrapada. Las redes molestaban su cuerpo escamoso. La llevaron a un gran acuario de cristal. Vinieron fotógrafos de todo el mundo y largas filas de personas se formaban para verla, asombradas de su belleza. Sintió pudor por sus pechos al descubierto, tratando de ocultarlos con su larga cabellera. A los niños les gustaba verla nadar, hacia arriba, hacia los lados, sinuosa, seductora, misteriosa, mágica, y era admirada por todas. Algo la empezó a molestar, sus escamas ya no brillaban como antes, se la veía triste, y creyeron que era por su cautiverio. Le trajeron algas para su alimentación, la rodearon de ambiente marino, le pusieron caracoles para que escuchara el sonido del mar. Pero sus ojos seguían tristes. A nadie se le ocurrió pensar que lo que ella más deseaba, eran unos zapatos de tacón como los que traían las mujeres que la contemplaban.

Adriana Quiroz de Valadés
No. 97, Marzo-Abril 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 293