La promesa


Un día apareció en la cripta de la catedral de Lund, Suecia, un recipiente de agua bendita azul, fría, imposible de tocar. Se conjeturaron explicaciones, señales. Al mes de infructuosos intentos, un diácono dejó abierta una puerta y se metieron perros y palomas que llegaron hasta el borde de la pila. Bebieron del agua y al instante se convirtieron cada uno en un pedazo de piedra azul. Entonces los seglares derramaron con otros animales el agua sobrante y con las piedras azules construyeron, en las habitaciones de los concilios, un muro que favorecía el silencio de los cónclaves. Cada año, próximo el primer equinoccio, una noche las piedras adquieren sus formas originales y en el templo se escucha un regocijo no siempre espiritual. Varios neófitos, en las dos décadas siguientes, soñaron que el Día de los Días uno de los muros del templo se convertiría en agua pura y helada, sólo para mojar los pies de los justos que logren llegar vivos al templo, donde esperarán la consumación de los juicios, los terremotos y los incendios, en ese sitio tranquilo y helado.

Carlos Montemayor
No. 97, Marzo-Abril 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 297

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