Mario Roberto Morales

Mario Roberto Morales. Escritor, académico y periodista. Nació en Guatemala en 1947. Entre sus publicaciones están el libro de cuentos La Debacle, 1969, segunda edición, 1998; las novelas Los demonios salvajes, Premio Unico Centroamericano de Novela, Guatemala 1977. (1978 y 1993); El esplendor de la pirámide, Premio Latinoamericano de Narrativa EDUCA, Costa Rica 1985. (1986 y 1993); Señores bajo los árboles, Testinovela, Artemis-Edinter, Guatemala, 1994; Los que se fueron por la libre, novela por entregas o folletín, publicado en el internet en el Diario Siglo XXI, Guatemala, 1996, también publicado en México, 1998; y El ángel de la retaguardia Guatemala, 1997. En sus ensayos están los libros La cultura de la violencia (1973) El método de la ciencia (1981), La ideología y la lírica de la lucha armada (1993) y La articulación de las diferencias o el síndrome de Maximón (1999); y en poesía tiene Epigramas para interrogar a Patricia  (1982) Epigramas (1990)

Además de escritor y académico, Mario Roberto Morales ha sido destacado columnista de varios medios de prensa del país. En el internet se pueden encontrar sus artículos de opinión en el diario español La Insignia (www.lainsignia.org) y en el portal mexicano A fuego lento (www.afuegolento.mexico.com). Es doctor en literatura y cultura latinoamericanas por la Universidad de Pittsburgh, y actualmente se desempeña como profesor de su especialidad en el Departamento de Lenguas Modernas de la University of Northern Iowa.

Su obra ha sido traducida a varios idiomas. En Estados Unidos se publicó recientemente su novela Señores bajo los árboles bajo el título Face of the Earth, Heart of the Sky (2000). Premio Nacional de Literatura “Miguel Angel Asturias” 2007.[1]

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Ecce homo

La oscuridad era muy negra, y la negrura se torna fría cuando es de noche. Casi no podía ver lo que estaba escribiendo porque la luz del bombillo del cuarto era débil. Mi pluma hacía ruido al desplazarse sobre el papel, y yo me imaginaba al planeta dando vueltas. Mis ojos se posaban en las fotografías del niño pendientes de la pared y en los libros de la estantería y en el espejo. En el espejo que me daba un miedo terrible. Estaba solo en la habitación y me imaginaba al planeta dando vueltas.

Amar… comprender, comunicar. El futuro… presente ya pasado. Los muertos… ¡sensación de no sentir!

Estaba sólo en la habitación y el mundo daba vueltas. La habitación no daba vueltas pero estaba en el mundo que sí lo hacía. Y yo estaba solo en la habitación que no daba vueltas. Solo. No podía ver lo que escribía y las lágrimas caían sobre mis manos, también fijas, también manos, que temblaban de soledad y estupidez. Las fotografías de la pared daban vueltas pero yo no podía verlo. Volví la cara mecánicamente y miré aquellos ojos en el espejo. Mi grito debió haber sido desgarrador. Eran inmisericordes y me daban mucho miedo porque no se les podía mentir. Lo sabían todo. Me tapé la cara y los ojos con mis manos sudorosas que temblaban y se me vino de nuevo a la mente la imagen del mundo dando vueltas…y la imagen del cuarto…
¡y la mía propia!

Volví de nuevo la cara pero esta vez sonriendo y muy despacio. De un salto me incorporé del escritorio, abalanzándome violentamente sobre el espejo para abrazarlo todo lleno de comprensión. Tal fue la fuerza que mi cabeza lo hizo pedazos.

Mario Roberto Morales
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 54

Diferencias


Un hombre, al pasar ante una cantera, vio a tres operarios labrando la piedra.

Preguntó al primero:

—¿Qué hace?

—Ya ve, cortando estas piedras. El segundo le dijo:

—Preparo una piedra angular. El tercero se limitó a decir impávido:

—Construyo una catedral.

Hernando Pacheco.
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 50

Filtro amoroso


LONDRES, 10 de septiembre. (EFE). Un grupo de científicos norteamericanos esperan poder encandilar al monstruo del Lago Ness, empleando filtros de amor.

Los científicos de la Academia de Ciencias de Belmont, Estados Unidos, llegarán a Gran Bretaña aproximadamente para poner en práctica su plan.

El jefe de la expedición, profesor Robert Rines, explicó que piensan echar en el agua una mezcla de todas las esencias de amor de cada criatura animal, esperando que alguna de ellas despierte los instintos del monstruo, y lo haga salir de su escondite.

“Si Nessie realmente existe”, dijo el profesor, “su pasión será excitada y estaremos alerta con numerosos aparatos, para registrar su presencia”.

En caso de que este sistema fallara, los científicos tienen preparados otros “trucos” incluyendo toda clase de ruidos producidos por la fauna acuática.

El profesor Rines terminó diciendo: “Nuestro plan es apelar a los órganos sensoriales de Nessie, cualesquiera que éstos sean: olor, sabor, oído, tacto, visión o apetito sexual”.

Agencia EFE.
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 46

El mago Fidencio

Después de tantos años de darle vueltas al asunto ni duda cabe que todo fue a causa de esa maldita inconciencia que a diario nos traíamos. Y como no, si todavía ahora hay muchos que ni cuenta se han dado y aquí están formaditos, siempre hablando de quién sabe cuantas estupideces. Nuestra desgracia (y a la mejor ni tanta, pues de no ser por el recuerdo de lo que fuimos todos fuésemos felices) empezó aquella tarde en El Gran Circo del Mundo, único en su género según anunciaba la propaganda, cuando el increíble mago Fidencio (aún todavía no atino el porqué del nombre tan poco comercial) con una rapidez de cajero de banco sacaba con su enguantada mano blanca, conejos y más conejos de un sombrero de copa alta. Ahí estábamos totalmente embebidos en el conteo de los conejos que en un parpadeo no vimos el abracadabresco pase que hizo, del propio ilusionista, un conejo gigante que sacaba pequeños maguitos fedencios del mismito sombrero. Lo peor fue que todos celebramos a carcajada limpia el tan original acto sin preguntarnos siquiera dónde había estado el truco. El gran truco, porque desde entonces ya no son fidencios los que brotan de la chistera, sino nosotros mismos que formaditos esperamos la hora de brincar al escenario ante un público de conejos sin chiste, pues se quedan como si nada con el acto del gran mago: el conejo Fidencio.

Miguel Flores Ramírez.
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 45