La otra orilla

Alguna vez, extenuado y perdido, tuvo que arrastrarse sobre un desierto quemante; otra, sentía la más lacerante impotencia para luchar contra un mar embravecido, o se asfixiaba precipitado al vacío de una noche densa en la que no terminaba de caer. Una tarde se vio a sí mismo caminando en busca del crepúsculo, hasta llegar a un lago tranquilo en cuya orilla se mecía una barca a la cual, por invitación de un remero traslúcido que lo llamó por su nombre, subió para ser conducido a una región de infinita serenidad…

Roberto Bañuelas
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 65

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Carlos María Federici


Carlos María Federici [Charles Fedson]. Es montevideano, y se ha obstinado en residir en esta pequeña gran ciudad durante más años de los que el decoro consiente en mencionar, pese a que la peripecia de alguno de sus personajes roce la frontera exótica del Extremo Oriente, o incluso los límites de la Nebulosa del Cangrejo. Su actividad, cuyo comienzo puede situarse a principios de la década del ’60, se ha venido centrando mayormente en la narrativa “de géneros” (policial, fantasía, ciencia ficción y/o terror); pero el comic ha tenido sin duda un lugar de preferencia, aunque no de volumen, en ella. Si la cantidad de sus obras en este medio de narración secuencial es decididamente magra, y su calidad debatible, en cambio no puede negársele, en varios casos, cierta cualidad pionera, al menos en nuestro ámbito. Barry Coal, su primera producción publicada (1968), tuvo dos interesantes particularidades: por un lado, constituyó el primer intento de realizar una tira “de aliento internacional” que se registró en estas playas; por otro, el hecho de que el protagonista (cuyo apellido puede traducirse, literalmente, “carbón”) fuese un detective negro, no tenía hasta entonces precedente, ni siquiera entre las historietas extranjeras. Su trayectoria, por desgracia, fue tan breve como la del periódico que la albergara, clausurado en pocos meses por motivos políticos. En 1973, Dinkenstein, la segunda incursión por parte de Federici en el comic digna de mención, materializó toda la admiración del autor por las viejas películas de terror del sello Universal, además de su casi culto por los creadores norteamericanos de comic de los años ’50. Concebida en principio para el mercado de EE. UU., se publicó, en cambio, en Argentina, Bélgica y finalmente en nuestro país (la etapa, paradójicamente, de más difícil culminación de su accidentado ciclo). Finalmente, “Jet” Gálvez, que apareció en 1980-81 en páginas de una revista paraescolar de la época, resumió también una serie de convicciones sustentadas por quien la firmó. Una aventura de ciencia ficción en episodios a colores, destinada a públicos preadolescentes, no dejaba de lado, sin embargo, ciertos guiños al lector veterano, en forma de alusiones a personajes e historietas clásicos, como asimismo en la factura de los diálogos, que mucho debían al modo norteamericano de los buenos tiempos. Se evitaba la apariencia desagradable, agresiva y áspera del comic más reciente, procurando una general impresión de simpatía, inclusive por parte de los “villanos” y de los escasos “monstruos” que figuraban en la trama. “Un futuro ‘como los de antes'” fue la frase que un crítico le dedicó, en son de encomio, halagando al autor, que se vio correctamente interpretado en sus esfuerzos. Luego de eso, Federici realizó exposiciones de originales (1981, 1984, 1985), aunque sin perder de vista la principal finalidad del género, que debería destinarse a la dinámica de las prensas antes que al estatismo de la galería. Sin perjuicio de lo cual , él opina que resulta conveniente que, de vez en cuando, se facilite al público la visión de la obra original, a fin de que le sea posible hacerse una idea más clara -generalmente inaccesible a través de las reproducciones- de todo el sudor y en ocasiones, la sangre, que van mezclados con la tinta china. Por motivos similares estuvo de acuerdo con que parte de sus realizaciones figuren en el Museo del Humor y la Historieta de la ciudad de Minas.

Homo brevis: Omega

Entorné los ojos.

No cabía duda. Era ella.

Hermosa siempre, aun con el cabello sucio de polvo flotándole al viento y las ropas hechas jirones. El oro de su carne relucía entre las desgarraduras de la tela y sus ojos reflejaban el cielo.

Recordé como una vez me había arrastrado a sus pies, y me había tragado mi orgullo de varón, olvidándome que existía algo llamado dignidad ¿Cuándo había sido eso…?

Ahora éramos los únicos sobrevivientes de la guerra nuclear.

Me vio: una silueta oscura entre los escombros, con barba de mes y medio.

Sentí su miedo, que se abría camino dolorosamente por entre el peso de su soledad. Sentí mi propia soledad derretirse, y mezclarse con la secreción amarga de mis recuerdos.

Cuando estuve más cerca en su mirada, la alegría incipiente y tal vez alguna cosa más, y no hice sino sonreír sin ningún humor.

Vi en sus ojos muy abiertos que no comprendía.

Y siguió sin entender nada, hasta que yo, con la sonrisa congelada, dejé caer mi destrozado pantalón y ella supo lo que había hecho aquella maldita esquirla.

Carlos M. Federeci
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 63

Homo brevis: Alfa

—Está bien, nos acercamos más —acepté—. Pero, por Vol, ten mucho cuidado con el captador de sico-ondas. Ya sabes que…

Él era testarudo, y de todas maneras yo tampoco creía del todo en un peligro excesivo. Ya se sabe que los libros siempre exageran.

Y me agradaba poder ver mejor a los nativos de Gurla, 3er planeta, XXX Sistema, sol amarillo. Me ponían sentimental. Sus cuerpos bípedos, casi erectos, relucían sobre el fondo de la jungla, en retozos despreocupados. El confortable abrigo de varios millones de generaciones los protegía de las sofisticaciones de la racionalidad que eventualmente llegarían a desarrollar.

—Voy a encender el captador —anunció él—. ¿Listo?

—Si —respondí—. Pero, ¿no te parece que convendría tomar alguna precaución…? Me asusta pensar que las variables degenerativas se propaguen en progresión geométrica. Si se apresura el normal desarrollo mental de una raza, puede generarse una esquizofrenia hereditaria de consecuencias catastróficas… —Ignoré su gesto de ironía—. Ya sabes qué delito tan grave es el perturbar a una subcultura… Y, francamente, las ondas del captador podrían provocar la racionalidad forzada, antes de tiempo, saltándose etapas, y causando por ende una hiperparancia racial. Al menos, así opina el doctor…

Me interrumpí. El sonreía abiertamente.

—Muy bien, “profesor” —dijo—. Ya te mandaste el discurso. Estoy muerto de miedo. Ahora déjame trabajar, ¿eh?

Ululó suavemente el captador al encenderse.

Tres revoluciones después, ocurrió la catástrofe. Me volví al oír su grito sofocado.

—¡Gran Vol! —susurró, en el colmo del horror, señalando con un miembro tembloroso—. ¡Fíjate en aquella hembra!

Sentí flojas las piernas. ¡La hembra se estaba cubriendo de hojas la parte media del cuerpo!

Carlos M. Federeci
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 62

El reloj

Lo escucho atentamente y me doy cuenta que no es cierto: que los relojes no hacen el famoso tic-tac que enseñan desde chicos; es un ruido anormal, complejo e indescifrable. Varios ruidos y un ritmo monótono a veces.

Pero que esta noche me marca, quizás hasta me acompañe —solo el ruido— quebrando el zumbido —ese tan peculiar— del silencio que todas las noches se siente.

Máxime cuando la cabeza quieta, gira, literalmente, desde la pared a los muebles y ya no sabe que pensar.

Cuando una sola imagen, o un punto, se fija, va y viene, como para volverse loco. Y se prende la luz, esa portátil personal, íntima, no se, como un ojo más que mira fijo y hace ver a los demás, el techo, los objetos, como cosas auténticamente nuestras.

Mientras tanto —el —permanece inmóvil, con su ronquido permanente y una se da cuenta de que está vivo de a ratos. Entonces nada importa, ni las imágenes, ni el ojo de la lámpara, ni el zumbido: sólo el techo, como un enemigo.

Increíblemente cada situación, cada ronroneo, toma forma y vale por sí misma, desprendida de ese eje que a veces creo ser.

Es ahí —¡que difícil establecerlo! —cuando me doy cuenta de muchas cosas, de improviso: del tono exacto de la cortina, de la mancha de la puerta, de todo.

Aún no defino algo, se me escapa y lo atrapo: no te muevas, creo que le grito; pero él sigue —roc toc tic roc tac —indescifrable.

(Ha de estar parado, no se mueve, no ronca, ni lo analizo. Ha de estar muerto, no late. Se ha de haber ido: no vuelve —de pronto, ¡qué pena!— mientras la luz sigue inconmovible, y mi sábana. A veces, y mis lágrimas.)

Pero lo he descubierto —semi desaparecido— de momentos lejanos, otros cerca, que es mentira, que no es tic-tac-tic-tac, como todas las cosas y mi propio tiempo.

Graciela Grottogini Goró
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 61