Homo brevis: Omega

Entorné los ojos.

No cabía duda. Era ella.

Hermosa siempre, aun con el cabello sucio de polvo flotándole al viento y las ropas hechas jirones. El oro de su carne relucía entre las desgarraduras de la tela y sus ojos reflejaban el cielo.

Recordé como una vez me había arrastrado a sus pies, y me había tragado mi orgullo de varón, olvidándome que existía algo llamado dignidad ¿Cuándo había sido eso…?

Ahora éramos los únicos sobrevivientes de la guerra nuclear.

Me vio: una silueta oscura entre los escombros, con barba de mes y medio.

Sentí su miedo, que se abría camino dolorosamente por entre el peso de su soledad. Sentí mi propia soledad derretirse, y mezclarse con la secreción amarga de mis recuerdos.

Cuando estuve más cerca en su mirada, la alegría incipiente y tal vez alguna cosa más, y no hice sino sonreír sin ningún humor.

Vi en sus ojos muy abiertos que no comprendía.

Y siguió sin entender nada, hasta que yo, con la sonrisa congelada, dejé caer mi destrozado pantalón y ella supo lo que había hecho aquella maldita esquirla.

Carlos M. Federeci
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 63

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