El vacío

¡Qué espectáculo más desolador!

Con los miembros despedazados y el cuerpo cubierto de llagas, tirado de bruces sobre un charco de sangre a medio coagular, y semioculto tras una nube de moscas, yacía un cuerpo sin vida.

Su fin no podía haber sido más terrible, y su derrota más contundente. Después de tantos esfuerzos y de titánica resistencia, tras eternos años de penosa lucha, había finalmente sucumbido, en una de las batallas más pavorosas y desiguales de que se tenga memoria.

A su lado, orgulloso, se erguía el vencedor, mostrando una presencia impasible e insondable, sabedor de sus recursos y su fuerza, a la que nada ni nadie habría de escapar. Con la mirada fija en el horizonte, y una esbozada sonrisa, propia de aquel que desconoce la derrota. El vacío se proyectaba majestuoso en el tiempo, con la destrozada víctima a sus pies.

Alberto Blanco S.
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 96

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