La vela


La noche aviva a veces una planta singular cuya luz descompone las habitaciones amuebladas en macizos de sombra.

Su hoja de oro se sostiene impasible de un pedúnculo muy negro en el hueco de una columnita de alabastro.

Las polillas la atacan de preferencia durante la luna llena, que vaporiza los bosques. Pero, quemadas enseguida o ahechadas en la gresca, todas se estremecen al borde de un frenesí rayano en el estupor.

Mientras tanto la vela, por un temblor de las claridades sobre el libro en el momento del desprendimiento de los vapores originales alienta al lector. —después se inclina sobre su plato y se ahoga en su alimento.

Francis Ponge
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 108

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Un retrato

Como confeti multicolor, por los colores de los vestidos, parientes y amigos salían para la iglesia cuando se escuchó el estampido… Súbitamente asomó en los rostros una interrogación color morado obispo… Uno, dos, tres, subieron rápidamente a la recámara…

El novio, inmóvil, con la pistola en la mano; como el, como salido del cañón humeante, el horrible demonio de los celos de un color amarillo repugnante… El impacto había tirado a la novia sobre la cama, junto al coqueto tocador color de rosa…

Del costado pectoral izquierdo de la virgen muerta manaba sangre de un hermoso color rojo juvenil, tiñendo las alburas color ángel bueno del primoroso traje nupcial…

En el bello rostro de la instantáneamente occisa había una dulcísima sonrisa de un color de violetas imperiales… En la mano derecha sostenía el amplificado retrato, 5 por 7, de un gallardo mozalbete de cabellos desaliñados por la brisa, cabellos negros, ondulados, brillantes, color como centro de carbón vegetal, cuya faz irradiaba una expresión de amor, de alegría, mezclada con un gesto picaresco de reciente triunfo…

Ella, la novia muerta, había tomado una fotografía con una pequeña cámara de bakelita negra, un domingo en Chapultepec, cinco años atrás, cuando se hicieron novios…

¡Ah!… el arma… Hoy, era él, Teniente comisionado por el Ejército en la “costa chica” de Guerrero…

Elmer Llanes Marín
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 107

El regulador

Estaba ahí ese punto rojo, alguien lo observaba, se quedó auscultando el tenue reflejo de luz pasaron unos cuantos segundos que a él le parecieron eternos, su corazón palpitaba acelerado, un ruido infernal lo hizo saltar y correr, cayó muerto en el umbral de su covacha…

“El canal 7 de T.V. inicia su hora Pop…

Jorge Rodríguez Pesqueira
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 99

Humberto Guzmán

Humberto Guzmán nació en México, D.F. en 1948. Novelista, cuentista, articulista y maestro de talleres literarios desde 1972.

Tiene publicados más de diez libros, entre ellos, las novelas: El sótano blanco (1972), Historia fingida (1982), Los buscadores de la dicha(1990) y La caricia del mal (1998); entre los cuentos y relatos:Manuscrito anónimo (1975), Seductora melancolía (1987),Contingencia forzada (1971) y La lectura de la melancolía (1997).

También cuenta con una autobiografía: Confesiones de una sombra(1996). Humberto Guzmán cuenta con varios premios otorgados a su obra: el Premio nacional de novela por El sótano blanco (1971), el Premio del Ateneo Español por sus cuentos (1987), el Premio de periodismo José Pages Llergo (1998), el Premio Nacional de Novela José Rubén Romero, por Los extraños (2000).[1]

Autoinmolación

Para A.G.P.

En este preciso instante, estoy seguro, soy un cadáver cuya carne empieza a descomponerse.

“¡Ah!…”, digo, cuando sé de antemano que no puedo decir nada.
Tengo sueño; se han adueñado de mí unos deseos incontrolables de dormir.

“Dios”, vuelvo a creer que digo.

Siento que me precipito en un abismo. Estoy cayendo. Voy directo al sol. Me atrae hacia él violenta, irremisiblemente. Lo veo crecer más y más. (No comprendo como puedo verlo alistarse para devorarme; suponía que en mi estado no era posible ver…) incluso comienzo a oírlo; creo que si, comienzo a oírlo.

“¡Ay!”, me hago la ilusión de que exclamo.

Pero, algo me ha desviado de mi ruta. El sol, a pesar de que casi me tuvo en sus narices, no pudo atraparme. Lo he dejado atrás. Ya no lo veo. Ahora —en este brevísimo instante que no termina— me pierdo en el infinito.

De vez en cuando descubro una estrella, pero apenas paso, desaparece. Por eso me doy cuenta de que soy yo mismo quien irradia luz; ellas serían y serán, en todo caso, un planeta que la refleja.
Ya no tengo sueño. Me siento muy bien, muy sereno. Y, francamente, no creo que ningún cadáver sea luminoso. Así es que he dejado de serlo.

Ahora soy un sol más en el espacio.

Humberto Guzmán
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 98