Autoinmolación

Para A.G.P.

En este preciso instante, estoy seguro, soy un cadáver cuya carne empieza a descomponerse.

“¡Ah!…”, digo, cuando sé de antemano que no puedo decir nada.
Tengo sueño; se han adueñado de mí unos deseos incontrolables de dormir.

“Dios”, vuelvo a creer que digo.

Siento que me precipito en un abismo. Estoy cayendo. Voy directo al sol. Me atrae hacia él violenta, irremisiblemente. Lo veo crecer más y más. (No comprendo como puedo verlo alistarse para devorarme; suponía que en mi estado no era posible ver…) incluso comienzo a oírlo; creo que si, comienzo a oírlo.

“¡Ay!”, me hago la ilusión de que exclamo.

Pero, algo me ha desviado de mi ruta. El sol, a pesar de que casi me tuvo en sus narices, no pudo atraparme. Lo he dejado atrás. Ya no lo veo. Ahora —en este brevísimo instante que no termina— me pierdo en el infinito.

De vez en cuando descubro una estrella, pero apenas paso, desaparece. Por eso me doy cuenta de que soy yo mismo quien irradia luz; ellas serían y serán, en todo caso, un planeta que la refleja.
Ya no tengo sueño. Me siento muy bien, muy sereno. Y, francamente, no creo que ningún cadáver sea luminoso. Así es que he dejado de serlo.

Ahora soy un sol más en el espacio.

Humberto Guzmán
No. 46, Noviembre 1970
Tomo VIII – Año VII
Pág. 98

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