La tartamuda

Muy lentamente, salió de su escondite oscuro y estrecho.

Era espigada y siniestra, metálica y fría, sin sentimientos. Pero, cuando hablaba, enrojecía y nadie quería escucharle (a excepción de los de su familia).

Esa ocasión, bajó del Cadillac y dijo:

—Ta, ta, ta, ta…

Y seis hombres cayeron muertos, atravesados por sus balas.

Luis A. Chávez F.
No. 83, Septiembre-Octubre 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 282

Una larga historia

Desde el inicio las cosas se sucedieron una tras otra, inexorable, fatalmente:

El asombro, el acercamiento, la ilusión, la entrega, el amor, el olvido. Ella se preguntaba ahora si cada uno de esos momentos, habría existido en realidad, y de ser así, cuánto duró, cuánto y cómo los pudo vivir. Acababa de cumplir los setenta años. Estaba sola. El recuerdo del olvido también hacía tiempo que la abandonada. Quiso asirse de algo, por pequeño que fuera, pero no encontró nada.

—A ver —se dijo—, debo tener escondida alguna otra cosa…

Su cansado cerebro empezó a trabajar: algún indicio, tal vez un color, un olor que pudiera conducirla al recuerdo y a la sensación lejana. Mientras se esforzaba en alcanzar, aunque fuera un pedacito de la memoria que pudiera llevarse en los instantes quizás más importantes de su vida, abrió los ojos y volvió lentamente la mirada por aquel cuarto casi vacío: el miserable mueblario se le clavó en sus pupilas con ese su gris de astillas viejas. La destartalada estufa expandió, cínica, su vaho de cochambre. La luz mortecina de un día lluvioso le tocó el cuerpo con tanto desgano que la dejó helada.

Las aletas de su nariz se ensancharon. Intentó una sonrisa ajena. Despacio, se volvió hacia la ventana húmeda de vapor ante el frío de la calle, mientras que con la cabeza iba haciendo un largo asentimiento.

—Está bien, lo encontré. No me iré sola —dijo, y fue muriendo inexorable, fatalmente.

Delfina Careaga
No. 83, Septiembre-Octubre 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 279

La muerte

De pronto se achicó hasta arañar el polvo; luego se agigantó haciéndose horrenda. Más adelante se adelgazó hasta desaparecer en una línea, para de improviso surgir amenazante, poderosa, abarcando todo. No resisto más su compañía.

¿Quién la detendrá? Me sigue a todas partes pisándome los talones. Se adelanta juguetona a mis pasos y de improviso desaparece entre mis piernas. ¡Es para enloquecer!

La ayuda no se hizo esperar, vino el eclipse… La sombra murió.

Antonio García Zorozúa
No. 83, Septiembre-Octubre 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 270