La muerte

De pronto se achicó hasta arañar el polvo; luego se agigantó haciéndose horrenda. Más adelante se adelgazó hasta desaparecer en una línea, para de improviso surgir amenazante, poderosa, abarcando todo. No resisto más su compañía.

¿Quién la detendrá? Me sigue a todas partes pisándome los talones. Se adelanta juguetona a mis pasos y de improviso desaparece entre mis piernas. ¡Es para enloquecer!

La ayuda no se hizo esperar, vino el eclipse… La sombra murió.

Antonio García Zorozúa
No. 83, Septiembre-Octubre 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 270

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