La Esfinge de Tebas


La otrora cruel Esfinge de Tebas, monstruo con cabeza de mujer, garras de león, cuerpo de perro y grandes alas de ave, se aburre y permanece casi silenciosa. Reposa así desde que Edipo la derrotó resolviendo el enigma que proponía a los viajeros, y que era el único en su repertorio. Ahora, escasa de ingenio, y un tanto acomplejada, la Esfinge formula adivinanzas y acertijos ingenuos, que los niños resuelven fácilmente, entre risas y burlas, cuando van a visitarla a su morada, durante el fin de semana.

René Avilés Fabila
No. 42, Mayo 1970
Tomo VII – Año VI
Pág. 415

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René Avilés Fabila

Soy René Avilés Fabila, nací en el DF y aquí estudié hasta concluir Ciencias Políticas en la UNAM. Luego, fui a la Universidad de París, a realizar estudios de posgrado. No sé para qué, pues siempre quise ser escritor, autor de novelas y cuentos. Comencé a escribirlos alrededor de 1960, o un poco antes, junto con una generación rebelde que encabezaban José Agustín y Parménides García Saldaña. Nuestro gran maestro fue Juan José Arreola, pero yo tuve otros más: Juan Rulfo y José Revueltas. Del primero aprendí literatura, del segundo ética política, el ser permanentemente crítico.

Aunque me siento más cuentista que autor de largas extensiones, mi primer libro publicado fue una novela, Los juegos, 1967, la que no encontró editor, tal como lo he contado en varios momentos, especialmente cuando en 2007 se cumplieron cuarenta años de la edición de autor. Fue una salida exitosa y plena de escándalo. Unos me insultaron y otros me defendieron con igual vehemencia. Era una obra contracultural y puesto que nada ha cambiado en el país culturalmente hablando, sigue siendo tan válida como cuando apareció. Siguieron multitud de novelas y libros de relatos breves. De las primeras, me quedo con TantadelEl reino vencido El amor intangible, aunque debo aceptar que mucho le debo a El gran solitario de Palacio, donde narro la masacre de Tlatelolco. Mis cuentos amorosos y los fantásticos, ahora reunidos en cuatro volúmenes Todo el amor (I y II) y Fantasías en carrusel (I y II) son los trabajos que más me gustan. De mis libros autobiográficos tengo predilección por tres: RecordanzasMemorias de un comunista y El libro de mi madre.

De los premios y reconocimientos obtenidos me quedo con la beca del legendario Centro Mexicano de Escritores, allá por 1965, donde trabajé con Juan Rulfo, Juan José Arreola, Francisco Monterde y donde escribí mi primer libro de cuentos cortos: Hacia el fin del mundo, editado por el Fondo de Cultura Económica. El Premio Nacional de Periodismo, por cultura, me lo dieron en la época del Innombrable, es decir, Carlos Salinas, y el jurado lo encabezaban Rafael Solana y Edmundo Valadés. El Colima por el mejor libro publicado lo obtuve con un libro que amo: Los animales prodigiosos, ilustrado por José Luis Cuevas y con prólogo de Rubén Bonifaz Nuño. Cuando cumplí treinta años como escritor, el homenaje me conmovió mucho, pues entre los organizadores estaban Bellas Artes, el Fondo de Cultura Económica, la UNAM, la UAM, el IPN, la Casa Lamm y la Fundación Alejo Peralta y cuya duración fue exactamente de un mes.[1]

La Hidra de Lerna


Nueve cabezas tiene la Hidra de Lerna que trajo Hércules.

Serpiente de fealdad repugnante.

Cabezas que vuelven a crecerle en cuanto se las cortan.

Los guardianes se descuidan y nadie resiste violar la orden de no alimentar a los animales: con tal de divertirse, avientan puñados de golosinas para mirar insanos, cómo sus nueve cabezas logran atraparlas en pleno vuelo, sin dejar que algo caiga al suelo.

Ojalá no se enferme del estómago.

René Avilés Fabila
No. 42, Mayo 1970
Tomo VII – Año VI
Pág. 404

Los asaltantes

La monótona marcha del auto adormecía a Julio. Diez minutos antes había cerrado los ojos cuando transitaban por un camino lleno de sinuosidades. Se sentía verdaderamente mal; le dolía todo el cuerpo, tenía fiebre y sentía unas irrefrenables ganas de vomitar. En el interior del auto reinaba el silencio y la atmósfera era irrespirable. Toño, “El mono” y Lorenzo fumaban. Entreabrió los ojos y pudo ver las lumbrecillas de sus cigarros y a continuación la luminosidad de las calles. Seguramente estaban entrando a la ciudad, Toño, que era quien conducía, dijo:

—¡Estamos llegando, despierten! Espero que todo resulte como lo planeamos y ninguno me salga con una tarugada. La cosa es fácil, solamente está el cajero y la secretaria.

El auto se detuvo lentamente en lo oscuro de la calle.

—¡Cúbranse bien la cara y no lo piensen mucho, todos saben lo que tienen que hacer!— ordenó Toño.

Haciendo un esfuerzo Julio bajó como hipnotizado y comenzó a avanzar junto con Lorenzo y El mono, al tiempo que se subía la bufanda para cubrirse la cara. Y apenas tuvo fuerza para sacar la pistola al penetrar a la casi desierta oficina. Oyó cuando Lorenzo gritó las consabidas frases de “¡arriba las manos, esto es un asalto!”. Vio la sorpresa dibujada en la aniñada cara de la que debía ser la secretaria y el ademán amenazador del tipo de anteojos que estaba detrás de una pila de billetes y no podía recordar, si fue un movimiento involuntario o fue el pánico lo que le hizo disparar. El estrépito lo sacó de su estado cataléptico, y alcanzó a ver cómo se derrumbaba sobre el escritorio la chamaca que debía ser la secretaria. Oyó más disparos y él los replicó antes de salir huyendo completamente solo. Con la vista nublada llegaba jadeando hasta donde Toño lo esperaba con el auto, cuando dos agudos y punzantes dolores en la espalda le cortaron la respiración y le doblaron las piernas.

—¡Me han dado! —gritó, cayendo dentro del coche— ¡pícale Toño, vámonos!

El auto se movió velozmente hasta que se perdieron los ruidos de las detonaciones a sus espaldas. Pasó algún tiempo y él iba adormecido en el asiento. Se sentía verdaderamente mal. Le dolía el cuerpo y tenía ganas de vomitar. Entreabrió los ojos cuando Toño le dijo:

—¡Estamos llegando, despierten y abusados para que todo salga como lo planeamos!

Entonces Julio volvió a la realidad y se estremeció. Sólo él sabía que nada saldría como lo planearon.

Luis García Bonilla
No. 42, Mayo 1970
Tomo VII – Año VI
Pág. 402

De mujeres

Yo no le he hecho insinuaciones, pero ella las ha aceptado.
Louis Scutenaire

Las mujeres son como la sopa, no hay que dejarlas enfriar.
Jean Anouilh

¡Cuánta habilidad necesita una mujer para hacer que le roben lo que siente vivos deseos de conceder!
Juan Jacobo Rousseau

La única diferencia entre un capricho y una pasión eterna, es que el capricho puede durar.
Óscar Wilde

Si alguna vez alguna mujer me hace morir, será de risa.
Jules Renard

En la guerra, como en amor, sólo el cuerpo a cuerpo da resultado.
Mariscal de Montluc

—¡Ah, que buenos tiempos aquellos: yo era muy desgraciada!
Sohpie Arnould

Abogo por la costumbre que dispone que un hombre bese la mano de la mujer la primera vez que la ve. Hay que empezar por algún sitio…
Sacha Guitry

Temático (varios autores)
No. 42, Mayo 1970
Tomo VII – Año VI
Pág. 399