Vida mecánica

Mi vida es igual a la de cientos de miles de personas, lo mismo día tras día, semana tras semana, año tras año; levantarse a las 6:30, desayunar leyendo el periódico, tomar el camión a las 7:23, checar tarjeta a las 8, salir a comer a la 1, regresar a las 3, salir a las 6, saludar a la misma gente, hacer el mismo trabajo, gastar el sueldo en lo mismo, tener las mismas diversiones, las mismas amistades, las mismas pláticas, el mismo horario siempre… siempre… siempre.

Es una vida, no humana, sino mecánica, monótona, idéntica, y esa vida es llamada por la sociedad: “normal”.

Pero hoy, después de 34 años de haber casi olvidado que existe más allá de esa monotonía, salgo de ella, y casi no lo puedo creer, me siento raro, casi extraño, pero feliz, muy feliz; he conocido a una hermosa, una hermosísima mujer, una diosa transportada, vía aérea, del propio Olimpo. Me brinda una sonrisa, que tan sólo con ese acto me siento fuera, independiente, libre de mi mundo habitual.
El cabello le cae suavemente en los hombros, y el viento hace ondular dulcemente sus ropajes.

Me acerco a ella, nervioso, y envuelto en una gran nubecilla de felicidad, y me atrevo, hombre al fin, a soltar, vacilante, unas palabras:

—¿Cuál es tu nombre?

Y ella, con una voz vibrantemente melódica, me responde;

—Muerte.

Héctor Romero Flores
No. 42, Mayo 1970
Tomo VII – Año VI
Pág. 434

El hombre mosca

Ambiente de fiesta en el pueblo. Nuevas, almidonadas crinolinas; anchos, reverberantes sombreros huetameños. Domingo, día de descanso, brillante transición entre la tormentosa guarapeta del sábado y la vuelta a la extenuante, rutinaria jornada del lunes.

Carteles con graciosas faltas de ortografía, en todas las esquinas. Jaripeo hace cuatro domingos. Teatro al aire libre hace sólo dos. (Cuando, después de la fiesta, el cacique atrabiliario y estúpido hizo dos agujeros, uno en la frente y otro en el pecho de quién pretendió “atravesársele” requiriendo de amores a la Rosa).

Destaca, entre los “posters”, el inusitado reclame: “El domingo 6 de Julio, a las 12 horas, el acróbata y equilibrista Quirino Mora Clezo escalará la torre oriente de la iglesia principal, sin más ayuda que sus manos, y el favor de Dios”.

Palpitantes. Alegres en unos momentos, tristes en otros, los recuerdos acuden a la mente del escalador. Cuando va subiendo, con la conciencia de que habrá de morir, de que nada habrá de salvarlo, piensa en la alegre conquista de haber abrazado la actividad más atractiva a su modo de ver, contra la tierna oposición de su vieja madre, y también en la triste sonrisa de su flaca y resignada mujer cuando recibe la precaria cuanto espontánea remuneración a su arriesgado acto.

Escucha, como en un sueño, los angustiados gritos de las comadres que en sus casas no percibirán el penetrante olor de los frijoles quemados en la abandonada olla, cuando sus dedos resbalan, y cae… cae sin remedio.

A sólo diez centímetros de estrellarse contra la cantera del atrio, bate enérgicamente sus alas, y va a posarse, tranquila, reposadamente, en un cercano montón de desperdicios.

Mario Quiroz Lecón
No. 42, Mayo 1970
Tomo VII – Año VI
Pág. 433

Celos

Penélope se puso furiosa y armó el gran lío porque anoche me dormí con su esposo. Ni que fuera para tanto; estaba tan enojada que hasta me amenazó… ¡Vaya!, debería estar feliz y agradecerme que, teniendo tantos ositos de peluche, siempre lo prefiero a él.

Elisa I. L. y Jácome P
No. 42, Mayo 1970
Tomo VII – Año VI
Pág. 427

Sansón y los filisteos


Hubo una vez un animal que quiso discutir con Sansón a las patadas. No se imaginan cómo le fue. Pero ya ven cómo le fue después a Sansón con Dalila aliada a los filisteos.

Si quieres triunfar contra Sansón, únete a los filisteos. Si quieres triunfar sobre Dalila, únete a los filisteos.

Únete siempre a los filisteos.

Augusto Monterroso
No. 42, Mayo 1970
Tomo VII – Año VI
Pág. 411