El genio

Hace mil años, Hassún el viejo andaba por la playa. Pasos tardos a pie. Siglos grises a la espalda.

Las olas —no más que él antiguas— arrojan a su planta una redoma enlamada de milenios. Ábrela Hussún y el genio brota:

—¡Pide tres deseos, Amo mío!…

—¡Quiero ser rico!

El espíritu produce una moneda de oro que coloca en la enjuta y tendida palma del anciano.

—¡Pero, esto…! —se atreve a protestar el infeliz.

—Con esa moneda exactamente —arguye implacable el Mago—, Abhur-Hais-El-Hassind comenzó su inacabable fortuna… ¡Otro deseo!

El hombre suspira entristecido:

—¡Haz, pues, que yo sea famoso!…

—Ya lo eres, Hussún: ¡estás hablando conmigo…! ¡Tu última petición…!
Desalentado, el caminante eleva la mirada en angustias al Numen inflexible:

—…¡Si… si pudiera alcanzar la sabiduría!…

Con una maliciosa sonrisa, el gigante se desvanece en humo que se huye al vidriado interior de la botella. Las olas la recogen para navegarla por sus océanos de espuma…

Después de otros mil años, Hussún camina todavía por la playa.

Las olas —antiguas como él— arrojan a sus pies una botella…

—¡Pide tres deseos, Amo mío!

Hussún mira al gigante ojo a ojo y sonríe con malicia sórdida:

—¡Regresa a la botella! —ordena.

Y sigue paseando por la playa…

Carlos Lanier
No. 90, 1984
Tomo XV – Año XIX
Pág. 251

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