La muñeca


La ves llegar en navidades. Tus padres han procurado comprarla a escala humana y con rizos de oro, exactamente igual a los tuyos, para crear un clima de confusiones.

Le resulta fácil ambientarse en la casa. Desde el mismo momento en que la viste entrar te sorprendió su paso mecánico, la intermitencia de sus ojos y el llanto seco que la abandonaba cuando se daba golpes en el ombligo. De vez en cuando te soltaba un “mamá” y corría estropeadamente hacia tus brazos como huyendo de lobos invisibles, otras veces te tumbaba en su alocada carrera, precisamente cuando la retabas a ver quién subía más rápido las escaleras.

Pero poco a poco fuiste notando su farsa, la máscara de muñeca ingenua que instalaba ante tus padres y los ojos satánicos que veías brillar al lado de tu cama durante todas las noches.

Finalmente supiste sus intenciones cuando conversaron en tu cuarto, veías cómo sus prismas se volvían bombillos, como te iba suplantando de lugar, hasta que decides invitarla al baño y en un descuido fatal le clavas los alfileres en sus ojos y la ves desangrarse con agonía de muñeca, esperando acabarla para siempre.

Y ahora tus padres han creído haber comprado una muñeca diabólica, y es también ahora cuando la expulsan a la calle para proteger a su primogénita, que deambula ciega a través de la casa, tropezando de pared en pared y oyendo el quejido desesperado de su antigua dueña, que yace afuera, pegándole patadas a la puerta y muriendo afónica en las espadas de la noche.

Antonio López Ortega
No. 90, 1984
Tomo XV – Año XIX
Pág. 265

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