Algo peor


—¡Que tiempos, señores! Los niños se divierten en matar y en robar.

Los crímienes son sus juguetes.

—¡Y algo peor! —dijo el otro.

—¿Cómo peor?

—Si, que ya no cantan canciones, sino que cantan anuncios comerciales de la radio.

Alfonso Reyes
No. 90, 1984
Tomo XV – Año XIX
Pág. 261

Luis Fayad

Luis Fayad

Considerado uno de los mejores narradores latinoamericanos de la segunda mitad del siglo XX, nació en Bogotá en 1945. Durante los años escolares se desempeñó como guionista en teatro, televisión y radio. En los años 60 empezó a trabajar como periodista de contratos libres y de planta y a publicar cuentos y notas literarias en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Hizo cursos de Sociología en la Universidad Nacionalde Colombia. Literatura, periodismo y otras tareas relacionadas con el arte fueron sus ocupaciones hasta su viaje al exterior en 1975. En París continuó con sus ocupaciones, al lado de otras que le proporcionaban el sustento, mientras asistía a conferencias y hacía de oyente en cursos de literatura, arte e historia en universidades, escuelas superiores e institutos especializados. También ha vivido en Barcelona y en Estocolmo. En la actualidad vive en Berlín, Alemania, adonde fue invitado por el Programa Cultural de Berlín del DAAD durante un año, y ejerce por cuenta propia como periodista, traductor del alemán al castellano y lector de su trabajo literario y conferencista en universidades y centros culturales[1].

 

 

Queja de una sombra


Era ya medianoche cuando la sombra empezó a dar muestras de cansancio. Leoncio completaba cinco horas de trabajo sobre unos cuadernos y aún no terminaba, y como le faltaba otro tanto no podía reparar en los remilgos de su sombra. Ella insistía, cada vez más fastidiada, pero no lo suficiente como para distraer a Leoncio. Sólo después de una hora las protestas lograron incomodarlo, y sin embargo, no dio indicios de suspender. La sombra debió entonces ser extremadamente indiscreta con sus molestias, a tal grado que Leoncio prefirió apagar la luz y continuar trabajando en la oscuridad

Luis Fayad
No. 90, 1984
Tomo XV – Año XIX
Pág. 252

Carlos Lanier

Carlos Lanier

Carlos Óscar de las Mercedes Lanier y Hevia

Nació en La Habana, Cuba, un 24 de septiembre de 1931 y falleció un 18 de febrero de 2002 en la Heroica Puebla de Zaragoza, estado de Puebla, México. Creció en el seno de una familia numerosa y con fuertes raíces católicas. Fue un estudiante brillante, dedicado, servicial, divertido; amante del campo y los deportes. Desde muy joven se vislumbró en él su vasto talento artístico, creatividad y facilidad para las letras y, sin faltar la música, ya que ejecutaba con facilidad casi cualquier instrumento. Su vocación religiosa le llevó a ingresar a la congregación de los Hermanos Maristas, circunstancia que le permitió desarrollar la mejor de sus cualidades: la docencia, pues su ingenio pedagógico y laboriosidad incansable le convirtieron  en un singular y connotado maestro. Inició su peregrinar docente a los 20 años como auxiliar pedagógico en la escuela Tabasco, México D. F. (1951 – 1952). Viajó a El Salvador y fue profesor de primaria en el Liceo Salvadoreño (1952 – 1957). Regresó a Guatemala donde trabajó y estudió; luego a Cuba nuevamente y por ajenas razones políticas fue obligado a abandonar precipitadamente la Habana en 1959, lugar de donde se trasladó nuevamente a El Salvador, ciudad de Santa Tecla al Colegio María Inmaculada (hoy Colegio Champagnat, (1959 -1961), tiempo que también utilizó para incorporarse y estudiar Letras en la Universidadde El Salvador. Viajó después a México, donde estudió y trabajó incansablemente en varias lugares como: Guadalajara, Aguascalientes, Monterrey, el D. F., hasta llegar a la ciudad de Puebla, lugar en que vivió los últimos 20 años de vida y tierra que recibió con cariño sus humanos restos[1].

 

El genio

Hace mil años, Hassún el viejo andaba por la playa. Pasos tardos a pie. Siglos grises a la espalda.

Las olas —no más que él antiguas— arrojan a su planta una redoma enlamada de milenios. Ábrela Hussún y el genio brota:

—¡Pide tres deseos, Amo mío!…

—¡Quiero ser rico!

El espíritu produce una moneda de oro que coloca en la enjuta y tendida palma del anciano.

—¡Pero, esto…! —se atreve a protestar el infeliz.

—Con esa moneda exactamente —arguye implacable el Mago—, Abhur-Hais-El-Hassind comenzó su inacabable fortuna… ¡Otro deseo!

El hombre suspira entristecido:

—¡Haz, pues, que yo sea famoso!…

—Ya lo eres, Hussún: ¡estás hablando conmigo…! ¡Tu última petición…!
Desalentado, el caminante eleva la mirada en angustias al Numen inflexible:

—…¡Si… si pudiera alcanzar la sabiduría!…

Con una maliciosa sonrisa, el gigante se desvanece en humo que se huye al vidriado interior de la botella. Las olas la recogen para navegarla por sus océanos de espuma…

Después de otros mil años, Hussún camina todavía por la playa.

Las olas —antiguas como él— arrojan a sus pies una botella…

—¡Pide tres deseos, Amo mío!

Hussún mira al gigante ojo a ojo y sonríe con malicia sórdida:

—¡Regresa a la botella! —ordena.

Y sigue paseando por la playa…

Carlos Lanier
No. 90, 1984
Tomo XV – Año XIX
Pág. 251

Los adventistas


Nos instalamos con nuestra música en una de las calles más céntricas para impedir el paso de la gente. La multitud creció al ritmo de nuestros cantos y danzas, pero se dispersó con el anuncio que hicimos de lo próximo que está el fin del mundo.

Ahora todos se fingen sordos y pasan de largo, creyendo que así evitarán el advenimiento de la verdad suprema. Pronto se darán cuenta de que estas trompetas que portamos no son de adorno.

Roberto Bañuelas
No. 90, 1984
Tomo XV – Año XIX
Pág. 248

Aventura


Eso del amor es un trance bastante aventurado y lleno de peligro, pues se sabe de amantes que nunca lograron disolver el abrazo conyugal a pesar de sus esfuerzos desesperados. Y sólo pudieron subsistir gracias a la ayuda de la Municipalidad. Afortunadamente no se conocen muchos casos hoy día: uno hay en Bolivia, otro en Yugoslavia; dos en Manhattan.

Juan Aburto
No. 90, 1984
Tomo XV – Año XIX
Pág. 247

Libros

El hombre sintió que una noche más, empezaba a caer sobre la tierra. El colorido de la tarde se iba cubriendo de sombras como también su alma se encontraba en medio de ellas.

Su lucha contra la monotonía ejercida por medio de las lecturas por espacio de años y años, lo ha convertido en una persona muy civilizada, de ideas muy amplias, en una palabra: es una gente in.

Los periodos de su mente han sido evolutivos: religiosidad acendrada, anticlericalismo, libertad sicológica, ateismo, doctrinas orientales, civilizaciones perdidas.

Y luego en un afán desesperado por abarcarlo todo: Darwin, Sócrates, Freud, Lenin, Teillhard de Chardin, Paracelso, Nietzsche y así indefinidamente.

La angustia de la soledad seguía espoleando su interior, Con paso cansino se dirigió hacia su casa. Abrió la puerta de la calle y penetró en el interior. Otras veces el perrillo salía meneando la cola y lamiéndole los zapatos pero hace tres días que lo mató un carro.

Llegó a su cuarto y se desvistió maquinalmente, se acostó: tomó “El retorno de los Brujos” y volvió a dejarlo sobre la mesita de noche; abrió el último volumen de “Planeta” y lo volvió a cerrar.

Apagó la luz y se arrebujó entre las cobijas, la sensación de desasosiego era cada vez más pertinaz.

—Ni siquiera le había pasado por la mente: sintió la oscuridad de su cuarto y las tinieblas de su yo interno.

—Colocó una mano sobre su frente e inició el ritual que le habían inculcado mucho tiempo atrás:

—Por la señal de la santa cruz…

Flor María Novoa Zazueta
No. 42, Mayo 1970
Tomo VII – Año VI
Pág. 447

Vida mecánica

Mi vida es igual a la de cientos de miles de personas, lo mismo día tras día, semana tras semana, año tras año; levantarse a las 6:30, desayunar leyendo el periódico, tomar el camión a las 7:23, checar tarjeta a las 8, salir a comer a la 1, regresar a las 3, salir a las 6, saludar a la misma gente, hacer el mismo trabajo, gastar el sueldo en lo mismo, tener las mismas diversiones, las mismas amistades, las mismas pláticas, el mismo horario siempre… siempre… siempre.

Es una vida, no humana, sino mecánica, monótona, idéntica, y esa vida es llamada por la sociedad: “normal”.

Pero hoy, después de 34 años de haber casi olvidado que existe más allá de esa monotonía, salgo de ella, y casi no lo puedo creer, me siento raro, casi extraño, pero feliz, muy feliz; he conocido a una hermosa, una hermosísima mujer, una diosa transportada, vía aérea, del propio Olimpo. Me brinda una sonrisa, que tan sólo con ese acto me siento fuera, independiente, libre de mi mundo habitual.
El cabello le cae suavemente en los hombros, y el viento hace ondular dulcemente sus ropajes.

Me acerco a ella, nervioso, y envuelto en una gran nubecilla de felicidad, y me atrevo, hombre al fin, a soltar, vacilante, unas palabras:

—¿Cuál es tu nombre?

Y ella, con una voz vibrantemente melódica, me responde;

—Muerte.

Héctor Romero Flores
No. 42, Mayo 1970
Tomo VII – Año VI
Pág. 434

El hombre mosca

Ambiente de fiesta en el pueblo. Nuevas, almidonadas crinolinas; anchos, reverberantes sombreros huetameños. Domingo, día de descanso, brillante transición entre la tormentosa guarapeta del sábado y la vuelta a la extenuante, rutinaria jornada del lunes.

Carteles con graciosas faltas de ortografía, en todas las esquinas. Jaripeo hace cuatro domingos. Teatro al aire libre hace sólo dos. (Cuando, después de la fiesta, el cacique atrabiliario y estúpido hizo dos agujeros, uno en la frente y otro en el pecho de quién pretendió “atravesársele” requiriendo de amores a la Rosa).

Destaca, entre los “posters”, el inusitado reclame: “El domingo 6 de Julio, a las 12 horas, el acróbata y equilibrista Quirino Mora Clezo escalará la torre oriente de la iglesia principal, sin más ayuda que sus manos, y el favor de Dios”.

Palpitantes. Alegres en unos momentos, tristes en otros, los recuerdos acuden a la mente del escalador. Cuando va subiendo, con la conciencia de que habrá de morir, de que nada habrá de salvarlo, piensa en la alegre conquista de haber abrazado la actividad más atractiva a su modo de ver, contra la tierna oposición de su vieja madre, y también en la triste sonrisa de su flaca y resignada mujer cuando recibe la precaria cuanto espontánea remuneración a su arriesgado acto.

Escucha, como en un sueño, los angustiados gritos de las comadres que en sus casas no percibirán el penetrante olor de los frijoles quemados en la abandonada olla, cuando sus dedos resbalan, y cae… cae sin remedio.

A sólo diez centímetros de estrellarse contra la cantera del atrio, bate enérgicamente sus alas, y va a posarse, tranquila, reposadamente, en un cercano montón de desperdicios.

Mario Quiroz Lecón
No. 42, Mayo 1970
Tomo VII – Año VI
Pág. 433

Celos

Penélope se puso furiosa y armó el gran lío porque anoche me dormí con su esposo. Ni que fuera para tanto; estaba tan enojada que hasta me amenazó… ¡Vaya!, debería estar feliz y agradecerme que, teniendo tantos ositos de peluche, siempre lo prefiero a él.

Elisa I. L. y Jácome P
No. 42, Mayo 1970
Tomo VII – Año VI
Pág. 427

Sansón y los filisteos


Hubo una vez un animal que quiso discutir con Sansón a las patadas. No se imaginan cómo le fue. Pero ya ven cómo le fue después a Sansón con Dalila aliada a los filisteos.

Si quieres triunfar contra Sansón, únete a los filisteos. Si quieres triunfar sobre Dalila, únete a los filisteos.

Únete siempre a los filisteos.

Augusto Monterroso
No. 42, Mayo 1970
Tomo VII – Año VI
Pág. 411

La Esfinge de Tebas


La otrora cruel Esfinge de Tebas, monstruo con cabeza de mujer, garras de león, cuerpo de perro y grandes alas de ave, se aburre y permanece casi silenciosa. Reposa así desde que Edipo la derrotó resolviendo el enigma que proponía a los viajeros, y que era el único en su repertorio. Ahora, escasa de ingenio, y un tanto acomplejada, la Esfinge formula adivinanzas y acertijos ingenuos, que los niños resuelven fácilmente, entre risas y burlas, cuando van a visitarla a su morada, durante el fin de semana.

René Avilés Fabila
No. 42, Mayo 1970
Tomo VII – Año VI
Pág. 415

René Avilés Fabila

Soy René Avilés Fabila, nací en el DF y aquí estudié hasta concluir Ciencias Políticas en la UNAM. Luego, fui a la Universidad de París, a realizar estudios de posgrado. No sé para qué, pues siempre quise ser escritor, autor de novelas y cuentos. Comencé a escribirlos alrededor de 1960, o un poco antes, junto con una generación rebelde que encabezaban José Agustín y Parménides García Saldaña. Nuestro gran maestro fue Juan José Arreola, pero yo tuve otros más: Juan Rulfo y José Revueltas. Del primero aprendí literatura, del segundo ética política, el ser permanentemente crítico.

Aunque me siento más cuentista que autor de largas extensiones, mi primer libro publicado fue una novela, Los juegos, 1967, la que no encontró editor, tal como lo he contado en varios momentos, especialmente cuando en 2007 se cumplieron cuarenta años de la edición de autor. Fue una salida exitosa y plena de escándalo. Unos me insultaron y otros me defendieron con igual vehemencia. Era una obra contracultural y puesto que nada ha cambiado en el país culturalmente hablando, sigue siendo tan válida como cuando apareció. Siguieron multitud de novelas y libros de relatos breves. De las primeras, me quedo con TantadelEl reino vencido El amor intangible, aunque debo aceptar que mucho le debo a El gran solitario de Palacio, donde narro la masacre de Tlatelolco. Mis cuentos amorosos y los fantásticos, ahora reunidos en cuatro volúmenes Todo el amor (I y II) y Fantasías en carrusel (I y II) son los trabajos que más me gustan. De mis libros autobiográficos tengo predilección por tres: RecordanzasMemorias de un comunista y El libro de mi madre.

De los premios y reconocimientos obtenidos me quedo con la beca del legendario Centro Mexicano de Escritores, allá por 1965, donde trabajé con Juan Rulfo, Juan José Arreola, Francisco Monterde y donde escribí mi primer libro de cuentos cortos: Hacia el fin del mundo, editado por el Fondo de Cultura Económica. El Premio Nacional de Periodismo, por cultura, me lo dieron en la época del Innombrable, es decir, Carlos Salinas, y el jurado lo encabezaban Rafael Solana y Edmundo Valadés. El Colima por el mejor libro publicado lo obtuve con un libro que amo: Los animales prodigiosos, ilustrado por José Luis Cuevas y con prólogo de Rubén Bonifaz Nuño. Cuando cumplí treinta años como escritor, el homenaje me conmovió mucho, pues entre los organizadores estaban Bellas Artes, el Fondo de Cultura Económica, la UNAM, la UAM, el IPN, la Casa Lamm y la Fundación Alejo Peralta y cuya duración fue exactamente de un mes.[1]

La Hidra de Lerna


Nueve cabezas tiene la Hidra de Lerna que trajo Hércules.

Serpiente de fealdad repugnante.

Cabezas que vuelven a crecerle en cuanto se las cortan.

Los guardianes se descuidan y nadie resiste violar la orden de no alimentar a los animales: con tal de divertirse, avientan puñados de golosinas para mirar insanos, cómo sus nueve cabezas logran atraparlas en pleno vuelo, sin dejar que algo caiga al suelo.

Ojalá no se enferme del estómago.

René Avilés Fabila
No. 42, Mayo 1970
Tomo VII – Año VI
Pág. 404

Los asaltantes

La monótona marcha del auto adormecía a Julio. Diez minutos antes había cerrado los ojos cuando transitaban por un camino lleno de sinuosidades. Se sentía verdaderamente mal; le dolía todo el cuerpo, tenía fiebre y sentía unas irrefrenables ganas de vomitar. En el interior del auto reinaba el silencio y la atmósfera era irrespirable. Toño, “El mono” y Lorenzo fumaban. Entreabrió los ojos y pudo ver las lumbrecillas de sus cigarros y a continuación la luminosidad de las calles. Seguramente estaban entrando a la ciudad, Toño, que era quien conducía, dijo:

—¡Estamos llegando, despierten! Espero que todo resulte como lo planeamos y ninguno me salga con una tarugada. La cosa es fácil, solamente está el cajero y la secretaria.

El auto se detuvo lentamente en lo oscuro de la calle.

—¡Cúbranse bien la cara y no lo piensen mucho, todos saben lo que tienen que hacer!— ordenó Toño.

Haciendo un esfuerzo Julio bajó como hipnotizado y comenzó a avanzar junto con Lorenzo y El mono, al tiempo que se subía la bufanda para cubrirse la cara. Y apenas tuvo fuerza para sacar la pistola al penetrar a la casi desierta oficina. Oyó cuando Lorenzo gritó las consabidas frases de “¡arriba las manos, esto es un asalto!”. Vio la sorpresa dibujada en la aniñada cara de la que debía ser la secretaria y el ademán amenazador del tipo de anteojos que estaba detrás de una pila de billetes y no podía recordar, si fue un movimiento involuntario o fue el pánico lo que le hizo disparar. El estrépito lo sacó de su estado cataléptico, y alcanzó a ver cómo se derrumbaba sobre el escritorio la chamaca que debía ser la secretaria. Oyó más disparos y él los replicó antes de salir huyendo completamente solo. Con la vista nublada llegaba jadeando hasta donde Toño lo esperaba con el auto, cuando dos agudos y punzantes dolores en la espalda le cortaron la respiración y le doblaron las piernas.

—¡Me han dado! —gritó, cayendo dentro del coche— ¡pícale Toño, vámonos!

El auto se movió velozmente hasta que se perdieron los ruidos de las detonaciones a sus espaldas. Pasó algún tiempo y él iba adormecido en el asiento. Se sentía verdaderamente mal. Le dolía el cuerpo y tenía ganas de vomitar. Entreabrió los ojos cuando Toño le dijo:

—¡Estamos llegando, despierten y abusados para que todo salga como lo planeamos!

Entonces Julio volvió a la realidad y se estremeció. Sólo él sabía que nada saldría como lo planearon.

Luis García Bonilla
No. 42, Mayo 1970
Tomo VII – Año VI
Pág. 402

De mujeres

Yo no le he hecho insinuaciones, pero ella las ha aceptado.
Louis Scutenaire

Las mujeres son como la sopa, no hay que dejarlas enfriar.
Jean Anouilh

¡Cuánta habilidad necesita una mujer para hacer que le roben lo que siente vivos deseos de conceder!
Juan Jacobo Rousseau

La única diferencia entre un capricho y una pasión eterna, es que el capricho puede durar.
Óscar Wilde

Si alguna vez alguna mujer me hace morir, será de risa.
Jules Renard

En la guerra, como en amor, sólo el cuerpo a cuerpo da resultado.
Mariscal de Montluc

—¡Ah, que buenos tiempos aquellos: yo era muy desgraciada!
Sohpie Arnould

Abogo por la costumbre que dispone que un hombre bese la mano de la mujer la primera vez que la ve. Hay que empezar por algún sitio…
Sacha Guitry

Temático (varios autores)
No. 42, Mayo 1970
Tomo VII – Año VI
Pág. 399

Agudezas


Las ciudades deberían edificarse en el campo, ¡el aire es allí mucho más puro!
Henry Monnier

El verdadero melómano es el hombre que oyendo cantar a una mujer en su cuarto de baño, se acerca al ojo de la cerradura y pega la oreja.
Anónimo

Sólo se viste bien en los países en los que se desviste mucho.
Daniel Darc

Una prueba de que se está civilizado es que no se les quita la vida a los imbéciles.
Emile Pontich

Las traducciones son como las mujeres: cuando son hermosas, no son fieles. Y cuando son fieles, no son hermosas.
Edmond Jaloux

No tomes la vida demasiado en serio, de todos modos no saldrás vivo de ella.
Albert Hubbard

Temático (varios autores)
No. 42, Mayo 1970
Tomo VII – Año VI
Pág. 391

José Gorostiza

José Gorostiza Alcalá

(San Juan Bautista, hoy Villahermosa, Tabasco, 10 de noviembre de 1901 – Ciudad de México, 16 de marzo de 1973)

Fue un poeta mexicano, formó parte del grupo de la revista Contemporáneos (1928-1931).

Se trasladó a la Ciudad de México y en 1920 concluyó los estudios de bachiller en Letras. Perteneció al llamado grupo de Los Contemporáneos (1928-1931). Fue profesor de Literatura Mexicana en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, en 1929; de Historia Moderna en la Escuela Nacional de Maestros, en 1932, y jefe del Departamento de Bellas Artes de la Secretaría de Educación Pública.

De 1958 a1963 trabajó como subsecretario de la Secretaríade Relaciones y como secretario de la misma en 1964. Fue miembro del servicio diplomático como canciller de primera en el servicio exterior, para lo que se trasladó a Londres en 1927. De 1937 a 1939 fungió como segundo secretario de la Legación en Copenhague y como Primer secretario en Roma de1939 a 1940.

En 1944 se desempeñó como ministro plenipotenciario y director general de Asuntos Políticos y del Servicio Diplomático; en 1946 fue asesor del representante de México ante el Consejo de Seguridad de la ONU. De 1950 a 1951 fue embajador de México enGrecia. De1953 a 1964 participó como delegado en muchas conferencias internacionales y de1965 a 1970 ocupó la presidencia dela Comisión Nacional de Energía Nuclear.

El 14 de mayo de 1954 fue electo miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, correspondiente de la española, y el 22 de marzo de 1955 lo fue de número, en la silla número XXXV, aunque sus biógrafos refieren que no fue un hombre de cenáculo. A pesar de sus dotes fue un literato prolífico; hay quien opina que sus actividades diplomáticas y políticas se le permitieron.

Publicó únicamente cuatro libros: el primero, Canciones para cantar en las barcas (1925), se caracteriza por la pureza de su línea y delicadeza de su lirismo. La interrelación de estos elementos le permitió escribir poemas aparentemente simples, pero sumamente complejos en su significación y lirismo.

Después de catorce años, durante los cuales sus poemas permanecieron inéditos o dispersos en revistas y antologías, apareció Muerte sin fin (1939), uno de los más importantes poemas largos escritos en español; en éste, los versos dejan la simplicidad y, sin abandonar el diálogo entre vida común y expresión exacta, se sumergen en una búsqueda poética exhaustiva del ser, en el mundo y en la muerte.

En 1964 apareció Poesía, libro en el que reúne las obras anteriores, además de poemas y fragmentos bajo el título “Del poema frustrado”, y el ensayo “Notas sobre poesía”, que había pronunciado como discurso de ingreso en la Academia de la Lengua. En 1969 publicó un volumen de Prosa.[1]