Jus primae noctis

El señor feudal era un hombre alto, delgado y anguloso, de modales refinados. Los recién casados lo miraron azorados, con un pavor no exento de respeto.

“Vengo a reclamar mis derechos”, dijo el señor suavemente. “La primera noche me pertenece”. Los aldeanos no se atrevieron a replicar. El caballo blanco sin jinetes que se encontraba junto al del barón piafó. El soldado que lo sujetaba de las riendas le acarició el pescuezo para calmarlo.

El señor feudal sonrió. “Vas a venir conmigo al castillo, pichoncito”, dijo, “verás que te va a gustar”. Acto seguido obligó a su corcel a dar la media vuelta y se alejó en dirección del fuerte señorial, no sin antes haber hecho una seña a sus guardias.

Los soldados sujetaron al novio y lo montaron en el caballo blanco. La novia se quedó llorando en la aldea.

Manuel R. Campos Castro
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 404

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Roberto Bertolino

Roberto Bertolino

(n Carmelo,1944-m. Buenos Aires, 1996)

Bertolino es el magnífico autor de Ramón y de otras obras que han merecido premios internacionales y ediciones en Japón, Bélgica, España, Holanda, Argentina, Suecia y Uruguay.

Las últimas son: El aguatero de Buenos Aires; El hombrecito de agua y El país de las plantas, todas del sello Editorial Guadalupe.

Roberto Bertolino se dio a conocer con Crónicas de Niños (1968) y Ramón (1971) en momentos en que todavía era residente en su natal Carmelo (Departamento de Colonia, Uruguay) y enviaba sus trabajos a El País, donde eran publicados con asiduidad. Así lo fue conociendo el público uruguayo y lo estimuló la Prof. Otilia Fontanals, quien realizara el prólogo para Ramón, libro ineludible en toda biblioteca bien constituida. Maestro, director de escuela pública, consultor de UNESCO en el área de la promoción de la lectura, editó su obra en España, Bélgica, Holanda, Japón, Argentina y Uruguay. Mereció numerosos premios, entre los que destaca Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores. La promoción 1996 de la Cátedra “Juana de Ibarbourou” lleva su nombre. [1]

El mejor regalo

Bajando la loma estaba el rancho de los montaraces. Allí todos trabajaban: las mujeres caponando la viña que crecía en el valle, los hombres talando montes y apilando leñas.

El menor de la familia iba a la escuela. Desde que le regalaron el rosillo no faltó un solo día.

Los domingos recorría el monte bajando lechiguanas. Y se quedaba mucho rato, sentado, a la sombra, gustando la miel. Después, sosteniendo la cabeza entre sus manos, trataba de descubrir una chicharra que entre las hojas de un molle se quejaba en voz alta, del sol.

Al tiempo talaban el monte.

Fueron sus días más tristes.

Él trabajó en la desmontada. Mientras los mayores destroncaban y quemaban, él juntaba chamizos y apilaba leñas.

Así, hasta que cayó el último árbol.

El día del pago su padre entregó a los hombres el dinero convenido. Y dirigiéndose a él, le dijo:

—Y a usted; por haber trabajado tan bien, le haré el mejor regalo que pida.

El niño, oyendo aquel ofrecimiento, levantó la cabeza, y mirando el campo sin ningún árbol, contestó:

—Padre, quiero tener de nuevo el monte.

Roberto Bertolino
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 399

Abismo

A veces cuando le veo a los ojos me digo: “Sí, esa es la mujer que yo busco, justamente ella, , qué más” sí, es que en sus ojos veo fielmente ese abismo, esa profundidad que busco en las mujeres; enseguida pienso en decirle algo, declararle mi amor, pero lo malo es que ella me toma de la mano, me la acaricia, yo tiemblo, siento que mi virilidad se inquieta, que sus labios se dirigen a los míos, y por fin pues me quedo, allí, en ese lugar donde siempre he estado, esperando verla pasar al interior del museo y viendo siempre frente a mí ese cuadro de la virgen que me deja mudo pensando en esa mujer que ahora está allí, y que no está y que en vez de hablarle de dirigirme a ella me quede realizando sueños eróticos y veo entonces lo que está sucediendo realmente, que todos los días cuando entra la secretaria me hundo en el abismo de sus ojos y sólo contesto:

—Buenos días.

José Gilberto Hernández Ramírez
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 387