Último sol

Llegó, arrastrando su juventud, hasta la estación donde cientos de hombres y mujeres organizaban su tedio para esperar al monorriel que los conduciría a otra jornada de monótono trabajo. Miró a sus compañeros —con una tristeza lejana—, sin lograr diferenciarlos de un cúmulo de piezas clasificadas en el mal general de la existencia… Levantó la cara, y forzando la vista al través del cristal de su máscara protectora y de la densa nube de smog que envolvía al territorio, vio al sol que, a esa hora, parecía el dibujo perversamente infantil de una naranja enrojecida.

Sintió tal abismal y amargo el dolor de estar vivo como absurdo el compromiso de seguir viviendo en una dimensión de insensibilidad colectiva: lo último que oyó, antes de desconectar el tubo de su tanque portátil de oxígeno, fue el estrépito del monorriel, que frenó para engullir pasajeros.

Su caso fue uno de tantos que hubo desde 1985.

Roberto Bañuelas
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 453

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