La vida y el mundo


Gustó Savonarola de ver que en el mundo (cito en latín porque se entiende bastante bien), “Omnia sunt plena impietate; Omnia sunt plena usuris et latrociniis; Omnia plena blasphemis turpibus et nefandis; Omnia stupris, adulteriis, sodomiis et spurcitiis; Omnia homicidios et invidia; Omnia hypocrisi et falsitate sceleribus et iniquitate redundit”.

Otro día, San Agustín pensó que la vida era “miserable, frágil, incierta, trabajosa, inmunda, señora de los pecadores y reina de los soberbios”.

Quiero pensar del mundo con mayor cariño. Uno se resiste a creer que en el mundo, al lado de tanta maldad, no haya cierta clemencia, cierta dulzura entre los humildes. Estoy convencido de que, la vida es, de cuando en cuando, heroica.

Camilo José Cela
No. 134, Enero-Marzo 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 63

Piel de silencio o Ulises urbano


Ya han hecho el amor. Ulises lo imagina. Se han bañado. Salieron al trabajo. Están cerca y tomados de la mano. Ulises los mira. Ellos no lo miran. Cada parada del autobús son los ojos de Caronte. Polvo. El silencio extiende sus aromas sobre el tacto, habita los rincones, se enrosca. Ellos felices. Su pobreza lame la herida lacerada del bolsillo. ¡Qué bien acaricia el hambre de su sonrisa! Es más grande este silencio que el verdadero silencio. El motor se detiene y después prosigue interminablemente. Todos llevan un destino. Algún punto. La mañana es demasiado nueva. Ulises se pregunta ¿tendrán felicidumbre? La ansiedad le crece por donde camina la envidia. Ve pasar las viscosidades de un sueño y la bruma de la gente que sube y baja. Ellos no hablan durante el viaje. En Ulises hienden todas las dudas. Llevan la felicidad tatuada en quemante violeta. Su mirada se vuelve viento. Llega a todos los rostros sentados o de pie. Nadie expresa nada. Prisa tal vez. ¿Qué secreto guardan? Incendian el día con los párpados. Aún queda un vestigio lunar sobre la piel.

Los pasajeros son como fracturadas piedras que ruedan. Una mujer desciende sin alterar el paisaje. Lleva el autobús la mitad de su trayecto y el polen del día se levanta. Detrás del borde de la ventanilla cruzan las puertas cerradas de los bancos, los anuncios luminosos que se apagan, las rejas de las escuelas encadenadas: algunas voces rompen la calle.

El autobús se ha detenido aunque se desplaza. Ulises voltea, mira hacia el asiento de la pareja. Poco a poco se disipa hasta quedar inmóvil y perderse definitivamente.

Roger Metri
No. 134, Enero-Marzo 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 56

Rudy Gerdanc

Rudy Gerdanc

Buenos Aires, 1956. Estudios de Ciencias Económicas y Ciencias Antropológicas. En 1986 se instaló en Francia. Sus cuentos fueron leídos en la radio y publicados en diferentes revistas en Argentina, México, Francia y España. En 1998, publicó su primer libro de cuentos Pasiones compartidas, Editorial Grafain, Barcelona, en francés, Passions Partagées, Editorial Barde la Lézarde. Suúltimo libro El Pacto Carnal/Le pacte charnel apareció en el Mercado de la Poesíaen 2008, Editorial Barde la Lézarde. París.Trabaja como bibliotecario y animador literario en el Centro de Formación Benoît-Frachon de la CGT. Finalistadel XI Certamen Internacional de Narrativa Corta “Jara Carrillo”, Murcia, (España) y 1er Premio en el Concurso de Cuentos Voces del Chamamé, Oviedo, (España). 1995. Sus cuentos aparecen en las antologías: Cuentos Migratorios. Linajes Editores, México, 2000. Siete latinoamericanos en París. Editorial Popular, España, 2001[1].

Los solitarios

Entré al café y como es habitual miré a mi alrededor. Conté los solitarios, diez, incluyéndome a mí. Conforme pasaba el tiempo empezaron a llegar las personas esperadas, unos se iban, otros venían, pero proporcionalmente la cifra de diez se mantenía.

El bar era un horizonte de humo, difícil de distinguir los rostros. Los cigarrillos, sistemáticamente consumidos, y nuestros fieles recuerdos eran nuestra única compañía.

Yo tenía pánico pero no me iba, siempre a la espera de vaya a saber quién. Cada tanto me hacía ilusión cruzando la mirada con alguien pero mi timidez jugaba en contra haciéndome el que esperaba una cita, mirando sucesivas veces el reloj o bajando la vista en el libro abierto al azar. Se cerraban mis ojos de fatiga, mi estómago de hambre, mi corazón de angustia y mis pensamientos de intoxicaciones. Sin embargo, seguía ahí, estoico, boludamente estoico. En verdad buscaba, como quien dice, un levante pero con técnica poco productiva puesto que era incapaz de tomar la iniciativa.

Rudy Gerdanc
No. 134, Enero-Marzo 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 51