Los solitarios

Entré al café y como es habitual miré a mi alrededor. Conté los solitarios, diez, incluyéndome a mí. Conforme pasaba el tiempo empezaron a llegar las personas esperadas, unos se iban, otros venían, pero proporcionalmente la cifra de diez se mantenía.

El bar era un horizonte de humo, difícil de distinguir los rostros. Los cigarrillos, sistemáticamente consumidos, y nuestros fieles recuerdos eran nuestra única compañía.

Yo tenía pánico pero no me iba, siempre a la espera de vaya a saber quién. Cada tanto me hacía ilusión cruzando la mirada con alguien pero mi timidez jugaba en contra haciéndome el que esperaba una cita, mirando sucesivas veces el reloj o bajando la vista en el libro abierto al azar. Se cerraban mis ojos de fatiga, mi estómago de hambre, mi corazón de angustia y mis pensamientos de intoxicaciones. Sin embargo, seguía ahí, estoico, boludamente estoico. En verdad buscaba, como quien dice, un levante pero con técnica poco productiva puesto que era incapaz de tomar la iniciativa.

Rudy Gerdanc
No. 134, Enero-Marzo 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 51

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