Altruismo urbano


Toda su vida quiso ser estrella; cuando al fin pudo brillar, el cielo había desaparecido.

Reyna Echeverría
No. 134, Enero-Marzo 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 117

Anuncios

Sueños

Sus amigos se reunían para contarse los más maravillosos sueños. Pedro callaba. Él jamás soñaba. En toda su vida no había tenido ni uno chiquitito. Por fin, un día, soñó. Soñó que se moría. Nunca lo pudo contar.

Diana Lia Calcagno Almada
No. 134, Enero-Marzo 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 115

Justine o el periplo nocturno de la virtud


Golpeada con la mano abierta de la Virtud, entre tus piernas la Naturaleza se inquieta. Virgen de edad razonable. Santuario de mis antiguos placeres. Tu sangre traza rasgos de color azul. Nada en ti es artificio. ¿Por qué, entonces, tus primeros pasos en el mundo son marcados por la desgracia? Nadie envidia tu ausencia en los espectáculos y los paseos al lado de los importantes de la Orden de Citerea. Los placeres de la caridad no son más que goces del orgullo.

El cielo que acaba de castigar tu inocencia se pone al servicio del crimen. ¿Acaso no hay en París diez mil mujeres que darían lo que fuera por encontrarse en tu lugar? ¿Acaso no suele ser mejor aprovechar que gozar la virtud?

La imaginación, presa de miedo, doblega sus rodillas a la menor provocación. ¡Oh, Templo de Venus! Borra de tu cuerpo los vestigios de nuestras crueldades. No pienses que es la belleza de una mujer lo que mejor excita el espíritu del laberinto. Sométete, pues, Justine, y si alguna vez regresas al mundo bajo la forma del más fuerte, no abuses de sus derechos y conocerás los verdaderos placeres de la virtud.

Raúl Barvo F.
No. 134, Enero-Marzo 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 112

En una caja


Después de un rato se decidió a abrir los ojos, simplemente para descubrir que su situación era la misma. El sudor aún se le escurría por el cuello como hilo de agua, reproduciéndole una insoportable sensación de terror. Y no era para menos; después de todo se encontraba encerrado solo y a oscuras en una caja desde…

Lo ignoraba; ya había perdido toda noción de tiempo.

Se preguntó si toda la gente se sentiría igual llegado el momento. Supuso que no, pues no debía sentirse nada, ¿o sí? Intentó llevarse una mano al cuello para desanudar la ridícula corbata de moño, pero no lo consiguió: su cuerpo comenzaba a ponerse tieso y el espacio le parecía increíblemente reducido.

No había percibido el menor movimiento, hasta entonces. Escuchó voces afuera, en el momento en que la caja empezó a descender. No pudo evitar un vergonzoso sollozo de angustia, y se alegró de que nadie lo hubiera escuchado.

Recuperó la compostura, e intentó gritar, emitiendo un débil gorgoteo que ni él mismo estuvo seguro de escuchar.

Cuando la caja tocó fondo fue como llegar al mismo infierno. Cerró los ojos e intentó rezar lo poco que podía recordar. Todo a su alrededor retumbó de repente.

Se llenaron los ojos de lágrimas, cuando las puertas se abrieron, y el hombre de overol rojo dijo:

—Tranquilo, jefe. El ascensor está reparado.

Mariana Vega
No. 134, Enero-Marzo 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 108