¿Demagogias a mí?

(Cuento costumbista)

Había una vez un hombre y una mujer que vivían felizmente enajenados en una esteriotipada aunque hermosa zona residencial, enclavada entre los escombros cotidianos de la sociedad de consumo.

Él llevaba el pelo corto, se rasuraba todos los días y trabajaba de sol a sol, supervisando el diseño y fabricación de unos remotos objetos terriblemente útiles. Ella hacía dieta para adelgazar (justo cuando lo de Biafra) y compraba cosas y más cosas que se empezaban a gastar apenas pagaba por ellas y no servían cuando las trataba de usar.

Y, sin embargo, había armonía en su vida diaria, ambos se querían y se gustaban mucho y sabían gozar de su mutua compañía, a pesar del espíritu materialista de la época, de la estética oficial, del anquilosamiento del monopolio político, de la crisis de valores, de la despiadada presión de la competencia, del mercantilismo de los medios informativos, de la carencia de identidad, etc. etc. etc.

Condenados como mexicanos tipo a inventarse una máscara que los protegiera de la mirada ajena, vivían su soledad y desamparo aturdiéndose con la pedestre propaganda comercial y política, aferrados a los restos de un sistema inoperante por caduco. Ingenuos y optimistas creían estar gozando de los beneficios sociales de una Revolución sin darse cuenta que ésta blablabla para favorecer los intereses blablabla de una burguesía decadente, motivada por la producción en serie y el culto al artefacto.

Leían sobre guerrillas urbanas, presos políticos o manifestaciones de protestas y como si nada, al rato andaban cantando un comercial de refrescos embotellados. Amaban, respetaban y admiraban la solidez, la higiene, la disciplina y los lugares comunes. Hablaban con los adolescentes a través de una ventana pero nunca entendían nada. Se reían de los espejos y de la realidad ontológica y hasta dudaban que la abyección del hartazgo sobrepasara a la de la abyección.

Murieron felizmente inconcientes cuando una noche, al regresar del cine, la brecha generacional se abrió entre ellos y se los tragó con todo y auto.

Ana F. Aguilar
No 45, Septiembre-Octubre 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 715

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