Nosotros los terrícolas

Nadie vio nunca en ninguna parte. Y no era smog: tan solo ganas de ser felices.

Ana F. Aguilar
No 45, Septiembre-Octubre 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 741

El gobierno perfecto

Nuestro gobernante —hermoso, prudente y sabio—, inveterado entusiasta en la solución de todos los problemas, alivió nuestra preocupación cuando aceptó terminar con la pública amenaza que constituía el gran hoyo que se había formado en el centro de la ciudad.

Al día siguiente de nuestra visita, un valeroso grupo de trabajadores especializados inició la tarea de cavar un hoyo vecino de las mismas dimensiones, cubriendo con la tierra que sacaban, la oquedad del ya existente.

Mil novecientos setenta veces realizaron la misma operación, logrando con tan sutil procedimiento sacar el hoyo de la ciudad, el cual fue depositado en este profundo remanso del río, mismo en el cual encuentran pasajera tranquilidad nuestras vírgenes insomnes.

Roberto Bañuelas
No 45, Septiembre-Octubre 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 736

Mi reloj

Mandé quitar el segundero a mi reloj, no porque estuviera mal sincronizado ni por su aspecto antiestético, sino porque a cada impulso de su movimiento me hacía sentir un fuerte golpe por la espalda que me acercaba lentamente al borde del abismo.

Poco tiempo después tuve que eliminar el minutero; sus golpes, aunque se sucedían a intervalos mayores, eran más fuertes e inquietantes.

Fue muy fácil para mí desprender la manecilla que marca las horas, de un tirón la arranqué de su sitio. Durante el día su empuje era soportable, pero durante la noche la potencia de sus golpes me despertaba súbitamente cuando mi sueño era más profundo.

Ahora me siento feliz con mi reloj sin manecillas, si bien, el principio al que estoy destinado lo veo ya muy cercano, por lo menos llegaré a él tranquilamente, sin tener que soportar esos molestos golpes y empujones.

Efraín Boeta Saldierna
No 45, Septiembre-Octubre 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 735

Resquicio

Alcira me dijo ayer que nada es trágico en la vida y que todo son suposiciones mías. Y, bueno, yo como siempre, por ese no querer contradecirle o molestarla le contesté que sí claro amor, son ideas mías; después que me hablas, pues, me parece que pienso como un tonto.

Sin embargo desde aquí se me hace que siempre ha habido algo de verdad en lo que pienso y olfateo. Y me digo: necio de ti, confiado de ti. Pero creo en mi mujer. ¡Vaya sí creo! En fin, no se Alcira. Esta tarde no sé por qué, lo que leímos en ese cuarto clandestino tiene otra sombra como de distancias quebradas cuando me encuentro frente a estos cuatro ojos embriagados que sostienen dos frágiles pistolas ante mi cabeza erguida.

Y claro que recuerdo, pero no lo que quieren sacarme patada tras patada. Por que ¿quién dijo que debíamos hacerlo, aunque estés en esa oscura habitación de al lado con los senos como carbones encendidos, y yo aquí con este boquete entre los ojos por donde ya ni siento que se deja colgar la vida?

Ramón Oviero
No 45, Septiembre-Octubre 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 733