Mi reloj

Mandé quitar el segundero a mi reloj, no porque estuviera mal sincronizado ni por su aspecto antiestético, sino porque a cada impulso de su movimiento me hacía sentir un fuerte golpe por la espalda que me acercaba lentamente al borde del abismo.

Poco tiempo después tuve que eliminar el minutero; sus golpes, aunque se sucedían a intervalos mayores, eran más fuertes e inquietantes.

Fue muy fácil para mí desprender la manecilla que marca las horas, de un tirón la arranqué de su sitio. Durante el día su empuje era soportable, pero durante la noche la potencia de sus golpes me despertaba súbitamente cuando mi sueño era más profundo.

Ahora me siento feliz con mi reloj sin manecillas, si bien, el principio al que estoy destinado lo veo ya muy cercano, por lo menos llegaré a él tranquilamente, sin tener que soportar esos molestos golpes y empujones.

Efraín Boeta Saldierna
No 45, Septiembre-Octubre 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 735

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