La vuelta

Ahora nuevamente parece como si nunca hubiera salido de este pueblo, la calle principal a la derecha de la carretera sigue igual, es de asfalto como de asfalto era hace veinte años y las casas de quincha, con sus ventanas altas y pequeñas, casi siempre cerradas, las dos hileras de casas blancas a los lados de la calle, limpio, todo limpio y tranquilo, la gente mansa como las nubes que empuja velozmente al viento de verano.

“Te asfixiará”, me dijo Carlos cuando le conté mi intención de regresar.

Es cierto.

He deambulado por las calles, he conversado con amigos —de mis camaradas hay muy pocos, todos se han ido a la ciudad— he andado y andado, la gente sigue igual de amable, de cordial, de apagada, de cansada.

“¿Por qué?”, pregunté a Carlos, “¡es mi pueblo!” “También el mío”, me contestó, “¿y eso que?”. Me dio asco. Confieso que me dio asco mi amigo querido, mi amigo del alma que así tan despectivamente trataba a nuestro pueblo, que sin ningún rubor lo había abandonado para siempre y se dedicaba a vivir cómodamente en la ciudad, en su casa de tres recámaras y estudio y una mujer sofisticada y una empleada y un carro —yo también tendría uno— y me miraba como si fuera yo un huérfano y necesitara urgentemente que me mimaran y me orientaran y no un hombre hecho y derecho que me había quemado las pestañas y me había aguantado mis hambres y mis privaciones y no me había casado con Chabela porque no quiso acompañarme de vuelta —le prometí que regresaría a buscarla— y me había dado asco ser su amigo y lo quería y no sabía que estaba pensando conmigo porque sentía que además lo estaba odiando por cobarde, por huevón y porque habíamos decidido años antes que regresaríamos todos a trabajar y educar a la gente —“todo es cuestión de educación” repetíamos a coro— y a tratar de cambiar al pueblo y tener nuestros hijos, muchos hijos, y era cosa de tiempo nada más, mucho tiempo, sí, pero teníamos mucho por delante y el mundo era una cadena y haríamos nuestra parte y la gente tendría que aceptarnos y aceptar las cosas que queríamos cambiar como eso de que no hubiera comida porque la gente no sembraba porque no tenía donde y no había cómo comprar terreno porque todos tenían dueños y bien sabíamos nosotros quiénes eran los “dueños” y cada cuatro años veíamos venirse la avalancha de candidatos como moscas a la miel y sentíamos que nos ardía la sangre debajo del cuero y hasta una vez tuvimos una célula y boicoteaos las elecciones y nos metieron a algunos presos porque siempre hay algún hablador y se supo que éramos “extremistas” y “anti-patriotas” y no se cuantas cosas más, y estoy llorando, sí, porque qué coño voy a hacer ahora en este pueblo si no hay nadie, si todos se fueron y yo también me voy, ¡si todo sigue igual!

Bertalicia Peralta
No 45, Septiembre-Octubre 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 748

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