… de Ana María Shua

En el año 75 yo tenía 24 años, era redactora publicitaria y quería ser escritora. En esa época la carrera de publicidad no existía, y los creativos de las agencias eran casi todos escritores, sobre todo poetas. Un compañero de trabajo, Ramón Plaza, narrador y poeta, me regaló un tesoro inefable: diez números de la revista El cuento, imposible de conseguir en Buenos Aires. Los nombres científicos del género todavía no existían: ni minificción, ni microrrelato, en El cuento los textos se llamaban “cuentos brevísimos”. Se publicaba a los mejores autores del pasado y del presente, sobre todo latinoamericanos pero también europeos. Para mandar al Concurso Permanente de Cuento Brevísimo de El Cuento empecé a escribir mis primeros textos, el comienzo de lo que sería mi primer libro de microrrelatos, La Sueñera. Los envié con una carta a Valadés. No gané ningún concurso ni fue publicado ninguno de mis textos: en cambio Valadés me publicó la carta, en la que le prometía un menú especial para visitas si venía a Buenos Aires: pollo flambeado con cerezas a la crema. En el 76 Valadés vino a mi ciudad, pero había comenzado la dictadura yo estaba a punto de irme a vivir Francia. Ya había levantado el departamento y no podía cocinarle su pollito. En mi torpeza juvenil, no se me ocurrió que Valadés me quería conocer y le daría lo mismo si íbamos a comer a cualquier parte, de modo que me disculpé y no nos vimos. Después no supe nunca más de él. No contestó a ninguna de mis cartas, nunca conseguí que me suscribieran a El Cuento, a pesar de que mandé un par de cheques (o quizás sí, pero la secuestraban en el correo…) y creí que jamás había sido publicada en El Cuento. Ahora, gracias a esta maravilla que ha creado Alfonso Pedraza, me he enterado de que Valadés sí se acordó de mí, y muchos textos de mi Sueñera fueron publicados en la revista. Fue muy emocionante saberlo y estoy enormemente agradecida Pedraza por esta tarea tan hermosa, y no sólo por mis textos, sino por tener la posibilidad de acceso a esa selección de micros deliciosa y perfecta que hacía El Cuento.

Ana María Shua   

 

 

 

 

 

Ani Shua, El cuento y el doc. Pedraza

Anuncios

El invento

El profesor Wilocphene, gran sabio y medio alquimista citado por Thorpe, en su libro famoso “invenciones raras, pero efectivas”, gustaba de hacer inventos increíbles con nombres también increíbles.
De él se cuenta que en cierta ocasión construyó “El colador de alcayatas”, un pequeño aparato de diecinueve libras que era capaz de trasladar edificios completos a grandes distancias.

Según cuenta también el referido Thorpe, el sabio reunió los útiles siguientes: un buje de cemecán, una contrapelusa de pericandil, un cobertor o zepetroco, una barra de pericardán, una aguja de coser calderos, un contrapunzón con su cuchufleta y una piedra de amolar mandarrias. A todo esto le añadió una porción de pegamento de perilinaza y salió por fin el mencionado invento.

Durante varios días estuvo el sabio con su laboratorio robándole tiempo al sueño y al descanso. Cuando hubo terminado el artefacto lo mostró a sus incrédulos compañeros y uno de ellos, el Caballero de Torremolina, riendo de oreja a oreja, ofreció su palacio para que fuese trasladado de lugar. El sabio indicó que debía ser por la noche, antes que la luna saliera y su encumbrado amigo lo aceptó.
Al día siguiente, el burgués amaneció a la intemperie.

Eugenio Zamora Martín
No. 86, Marzo-Abril 1981
Tomo XIV – Año XVI
Pág. 599

Autor leído

De cuando en cuando releía mis truculencias y en alguna forma los personajes cobraban un sentido diferente al que originalmente les había endilgado. Después en cuando, las palabras me sonaban diferentes y hasta ajenas, y llegué a convencerme que estaban siendo devueltas con rebeldía y añadida venganza. Lo definitivo fue hoy mismo y para siempre, cuando al abrir alguno de mis libros, un gruñido metálico de la puerta oxidada me negó la esperanza de seguir engañándome por más tiempo. Sentí un calosfrío de príncipe hecho rey en el preciso momento de la coronación.

La puerta se cerró sin posibilidad alguna de regreso y lentamente, sin esfuerzo cierto, empecé a divagar en un monólogo que alguien con seguridad estaría leyendo.

Miguel Flores Ramírez
No 45, Septiembre-Octubre 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 795

Mi sentimiento

Subo al camión y cambio con el conductor los convencionales trozos de cobre por un pedazo de papel. Miro hacia el fondo del autobús, busco ansiosamente ojos, bocas o sonrisas conocidos; inútil, sólo asientos vacíos. Por las ventanas veo que van quedando atrás las calles y las casas. Me siento.

Pensando en el tiempo de camino por recorrer, una moneda en el piso se encuentra con mis ojos. Penacho y hombre aztecas permanecen fijos en el sol blanco, en mis retinas. Transcurren los minutos, suben más pasajeros. La marcha de plata-níquel aún está ahí, junto: al zapato negro, al joven de pantalón listado y dueño de largos cabellos y de un rostro femenino-niño.

Desde el círculo, el indio pálido se burla de mis ganas de esconderlo en mi bolsillo, de guardarlo para comprar un refresco o, para pagar el pasaje de regreso o… simplemente guardarlo. Pero, por el hecho de que no está junto a mí, me imposibilita hacerlo.

¡Joven… hey… joven! Recoja su tostón.

Voz y mirada de mujer que reprimen una envidia, quizá igual o más que la que estoy sintiendo.

El aludido, el joven de camisa amarilla y de grandes patillas, con movimientos mecánicos, se inclina y levanta la moneda sin dueño. Ademanes de indiferencia que hieren el gusano de palabras masculladas interiormente, “noesamonedanoestuyayolavíprimero”. Gusano que brinca y se retuerce dentro de mi cuerpo.

Cuando el sol blanco del hombre y penacho aztecas, ahora con dueño, desaparece ante la tela listada, mis ojos miran, sin ver, los coches que pasan al lado del autobús. Entonces pienso: “Ni modo”.

Ernesto Cervantes Martínez
No 45, Septiembre-Octubre 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 794

Dr. Atl

Dr. Atl

 El Dr. Atl, seudónimo de Gerardo Murillo Cornado, nació en Guadalajara, Jal., el 3 de octubre de 1875. Estudió pintura con Felipe Castro. Luego pasó a la capital de la Repúblicae ingresó a la Escuelade Bellas Artes y a la Preparatoria. PorfirioDíaz lo pensionó como estudiante de pintura en Europa. Cursó filosofía y derecho en la Universidadde Roma. Colaboró con el Partido Socialista Italiano y con el periódico Avanti. Fue caminando hasta París para escuchar las cátedras de Henri Bergson sobre arte. Por aquel entonces, Leopoldo Lugones lo bautizó como Dr. Atl.

De vuelta en México, organizó una exposición para la revista Savia Moderna que patrocinaban los jóvenes más brillantes del momento. Exhibieron sus primicias Francisco de la Torre, Diego Rivera y Ponce de León, quienes acabaron con el llamado estilo pompier. A lo largo de su vida, Atl sostuvo que la revolución artística se inició el otoño de 1910; ese año organizó una exposición que celebraba el centenario de la Independencia. El hecho, de carácter nacionalista, se convirtió en un escándalo trascendente, aunque nada se sintiera de pronto. Participó activamente en política dentro del bando carrancista.

Se interesó por la vulcanología, que había estudiado en Italia (1911), y regresó a su oficio de pintor. Decoró varios patios de jardines provincianos. Quería dejar aportaciones técnicas, como los atl-color, que se podían imprimir sobre papel, tela o roca.

Según decía, durante sus caminatas infantiles se sorprendió a sí mismo copiando los paisajes ante sus ojos; por eso escaló frecuentemente el Popocatépetl y el lxtaccíhuatl. Tal atracción por los volcanes lo llevó a presenciar el nacimiento del Paricutín (1943). Registró el fenómeno y elaboró apuntes y pinturas que expuso al año siguiente en el Palacio de Bellas Artes, y que enriqueció para publicar el libro, ahora considerado una joya bibliográfica, Cómo nace y crece un volcán, el Paricutín (1950). Sus monografías sobre las iglesias de México y sobre las artes populares fueron en su tiempo revelaciones fundamentales. Obtuvo la Medalla “Belisario Domínguez” en 1956, y el Premio Nacional de Artes en 1958.

Uno de los iniciadores del muralismo mexicano, impuso un estilo del que derivaron tanto Diego Rivera como David Alfaro Siqueiros; hombre polémico, escribió bastantes libros de cuentos provocadores en la temática y en el tratamiento.

El Dr. Atl ingresó en El Colegio Nacional el 6 de noviembre de 1950. (Renunció a su nombramiento el 5 de julio de 1951.)

El paisajista y vulcanólogo Gerardo Murillo (Dr. Atl) murió en la ciudad de México el 15 de agosto de 1964.[1]