Historia sagrada


En el momento en que Caín mató a Abel, todos comprendimos que Caín era, de los dos, el poeta. El ojo de la providencia sigue a Caín, desde entonces, por todas partes. En un principio, Caín quería ocultarse del testigo ocular, y huía. Pero ¡cómo huir de una obsesión sin provocarla, sin hacerla más fuerte y, también más bella! A fin de cuentas, cuando el ojo sin sueño tardaba en aparecer, Caín lo echaba de menos, se impacientaba. Sucedió lo que tenía que suceder: Caín acabó por no mirar con sus ojos sino a través del ojo que lo miraba.

Xavier Villaurrutia
No. 86, Marzo-Abril 1981
Tomo XIV – Año XVI
Pág. 603

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