Tratemos de seguir


Además de ir con las manos atadas, voy también sin pies, aunque no sea nada nuevo para mí. Toda la gente que conozco tiene pies y, según dicen, es bastante cómodo para caminar, pero yo no hallo otro medio más confortable para hacerlo que posar mis muñones en el delicioso asfalto de la calle. Y les aclaro esto, no precisamente porque tenga mucha importancia, sino porque forma parte de mi extraña existencia. Sé igualmente que Ulises no tenía pies. He hablado con el viejo Homero en sueños, y siempre me comenta su confusión al intentar colocarse los coturnos. Ustedes se preguntarán por qué tanto empeño en guardar secretos, si se trata precisamente de aclarar la situación. Yo les diré que los secretos aclaran las cosas. Una tarde Penélope caminaba por el parque, cabizbaja. Nosotros, Homero y yo, la vimos. No quería hablar con nadie. Dijo que guardaba muchos secretos. Al fin pudimos darnos cuenta de que sus secretos éramos nosotros mismos. Todo se aclaró. No sé si realmente han llegado a entenderlo. Es un secreto.

Gabriel Jiménez Emán

No. 86, Marzo-Abril 1981
Tomo XIV – Año XVI
Pág. 612

No. 90, 1984
Tomo XV – Año XIX
Pág. 266

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Carlos Maggi

Carlos Alberto Maggi Cleffi

(Montevideo, 5 de agosto de 1922)

Es un escritor, periodista, historiador y dramaturgo uruguayo.

Siendo abogado, incursionó en diversos aspectos de la vida intelectual del Uruguay.

Escribió diversas obras teatrales (La trastienda, La Biblioteca, La noche de los ángeles inciertos, El patio de la torcaza, Frutos), ensayos (El Uruguay y su gente, Gardel, Onetti y algo más, Artigas y su hijo el Caciquillo) y narrativa (Cuentos de humor-amor). Ganó en seis oportunidades el premio a la mejor obra de teatro nacional estrenada en Uruguay. Escribió y dirigió el cortometraje “La raya amarilla”, que ganó el Gran Premio del Festival de Bruselas en 1964.

Redactó la Carta Orgánica del Banco Central del Uruguay y fue directivo del SODRE. Sus notas periodísticas de Marcha y El País (“El producto culto interno”) han tenido gran repercusión.

 En 2010 adhirió al movimiento Concertación Ciudadana, cuyo Comité Ejecutivo integra.

Si bien con un estilo definidamente ensayístico y no académico, que lo ha convertido en un autor muy accesible al público en general, ha sido, junto con Daniel Vidart y José Pedro Barrán, uno de los autores más perseverantes en el cuestionamiento de la cultura uruguaya. El propio Maggi se ha denominado ha sí mismo, en reiteradas ocasiones, como un “culturalista”, es decir, como alguien que piensa los problemas de la realidad según “los hechos formativos de la gente”.

Es considerado uno de los mejores dramaturgos de la historia uruguaya junto a Florencio Sánchez.[1]

 

La valija


Sucedió que fuimos a comprar una valija y la única buena era demasiado cara.

—No importa —dije— compramos una del mismo tamaño aunque no sea de cuero; esa, por ejemplo.

—Pero es muy fea —dijo mi mujer.

—Se le pone una funda.

—¿Y adentro? ¡Es ordinaria!

—Adentro se le hace un forro.

Pero mi mujer, que es de una lógica impecable, dijo:

—Si hacemos una funda para afuera y un forro para adentro, ¿para qué compramos una valija?

Tenía razón y decidimos no comprar nada.

Caminamos unos pasos y ella se entreparó, me tomó del brazo y produjo esta hermosa conclusión:

—Si no hay valija en el medio, el forro tampoco se necesita.

—La funda, vista por dentro, puede quedar fea —aventuré yo, aplicando su premisa anterior; pero Isabel dijo:

—A la funda se le hace costura inglesa y queda reversible, con lo cual ya no hay ni forro ni funda, sino otra cosa, algo único y doble a la vez; aunque te digo —agregó pensando intensamente— nuestra intención es llevar la ropa con la cual viajamos ¿no es así?

—Claro —dije yo.

—Y bueno, Fabián —se me quedó mirando— si la ropa sola ya es demasiado problema, ¿a qué complicarse la vida llevando otras cosas, y dobles, para peor?

Por ser fiel a esa lógica, es que traigo todo así, sobre los hombros. Yo se. Parezco un ropavejero, un desgraciado, pero es por ser fiel a mi mujer. ¡Es tan inteligente!

Carlos Maggi
No. 86, Marzo-Abril 1981
Tomo XIV – Año XVI
Pág. 611

Duda eterna


El día del Juicio Final, Dios juzga a todos y a cada uno de los hombres.

Cuando llama a Manuel Cruz, le dice:

—Hombre de poca fe. No creíste en mí. Por eso no entrarás en el paraíso.

—Oh, señor —contestaba Cruz—, es verdad que mi fe no ha sido mucha. Nunca he creído en vos, pero siempre te he imaginado.

Tras escucharlo, Dios responde:

—Bien hijo mío, entrarás en el cielo; más no tendrás nunca la certeza de hallarte en él.

Gabriel Cristián Taboada
No. 86, Marzo-Abril 1981
Tomo XIV – Año XVI
Pág. 608

La luz


Estuve ausente quince días, lo que no es mucho, pero a mi vuelta sentí que algo había cambiado. No podía descifrar qué era. Todo era igual y todo era distinto. Empecé a ver cosas que antes no había visto. Nada importante, sino pequeños detalles. Noté una mancha en la pared del hall, hojas secas en los helechos del living, en el baño grande vi un mármol rajado… Cosas que deben de haber estado antes. Me parecía que llegaba a todos lados más temprano, pero no era así. Lo que más me intrigaba era la expresión de Carlos, algo hosca y distraída. Hace tanto que nos hemos casado que nunca pensaba mucho en él. Había dado por descontado que era parte indisoluble de nuestra vida de familia. Creí que yo le estaba dando demasiada importancia a todos esos detalles casi invisibles. Esperaba con impaciencia que Carlos volviese a la tarde, para seguir estudiándolo. Pero fue de mañana que me di cuenta de lo que pasaba. Entre en la cocina a las seis y media como todos los días para calentar el agua para el mate, y me di cuenta que ya no necesitaba prender la luz. “¡Eso es lo que pasa! Los días se están volviendo más largos y el sol alumbra más. Por eso a mi vuelta vi cosas que antes habían pasado inadvertidas”. Por eso desconocía las cosas familiares. ¡Hacía tanto tiempo que no las dejaba! Desperté a Carlos, me pareció que tenía mala cara. Casi no habla. Y cuando se puso el saco del traje vi sobre la tela gris un pelo largo negro. Yo soy rubia. Si no me hubiese ido quince días no lo habría notado.

Alina Molinari
No. 86, Marzo-Abril 1981
Tomo XIV – Año XVI
Pág. 599