Tratemos de seguir


Además de ir con las manos atadas, voy también sin pies, aunque no sea nada nuevo para mí. Toda la gente que conozco tiene pies y, según dicen, es bastante cómodo para caminar, pero yo no hallo otro medio más confortable para hacerlo que posar mis muñones en el delicioso asfalto de la calle. Y les aclaro esto, no precisamente porque tenga mucha importancia, sino porque forma parte de mi extraña existencia. Sé igualmente que Ulises no tenía pies. He hablado con el viejo Homero en sueños, y siempre me comenta su confusión al intentar colocarse los coturnos. Ustedes se preguntarán por qué tanto empeño en guardar secretos, si se trata precisamente de aclarar la situación. Yo les diré que los secretos aclaran las cosas. Una tarde Penélope caminaba por el parque, cabizbaja. Nosotros, Homero y yo, la vimos. No quería hablar con nadie. Dijo que guardaba muchos secretos. Al fin pudimos darnos cuenta de que sus secretos éramos nosotros mismos. Todo se aclaró. No sé si realmente han llegado a entenderlo. Es un secreto.

Gabriel Jiménez Emán

No. 86, Marzo-Abril 1981
Tomo XIV – Año XVI
Pág. 612

No. 90, 1984
Tomo XV – Año XIX
Pág. 266

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