Un cuento para después de hacer el amor con una mujer a la que posiblemente no volvamos a ver


La mano que se había aferrado a mi camisa se abrió y los dedos se extendieron como para atrapar a un ave invisible que pasaba en ese instante. Las pestañas cayeron sobre los ojos y ocultaron al mundo. Acaso en ese momento quisieras guardar en la retina un pequeño paraíso relegado por mucho tiempo. ¿Qué importa la eternidad si tenemos el instante? Con seguridad pensaste en otro momento similar, acaso más hermoso, pero, ¿crees que la perfección puede alcanzarse una y otra vez? Somos lo que fuimos, y tanto tú como yo, al vivir el presente estamos viviendo todos los pasados y todos los futuros posibles. Me preguntabas si te quería un poco, un poquito. Claro, te quería, te quiero, más que un poquito. Pero no pienso que el amor tenga nada que ver con la propiedad privada. Creo, por el contrario, que el amor es fugacidad y misterio. El amor es lo que no se repite. Porque lo que no se repite es como un acto original, que guarda en sí lo que es y lo que puede ser, pero que no se agota en la rutina. La sonrisa más bella es la que libera al ser humano de los monstruos y las cadenas. Esa sonrisa, de placidez, de abandono, la vi en tu rostro. Fue como estar al lado de la imagen de Dios. Cada mujer es Dios cuando sonríe al alcanzar la plenitud, pero es el Demonio cuando se arrepiente de haberla alcanzado. En la Biblia cuando el narrador quiere decir que un hombre hizo el amor con una mujer, escribe: Abraham conoció a Sara. Porque todo el juego de la palabras y los gestos previos, esa batalla de alejarse y acercarse, de negar y afirmar, de recorrer parques tomados de la mano y contemplar el cielo, las aves, de entrar a iglesias y mirar a los ojos de los niños, es un juego al escondite en el que uno mismo es a la vez el amigo y el enemigo. Cuando buscas en los demás hallas en ti mismo. Hombres y mujeres buscan conocerse. Vamos por el mundo como ciegos con las manos adelante pero no nos atrevemos a tocar las cosas. Nos basta, en muchas ocasiones, con las descripciones que los demás hacen del mundo. Debíamos caminar por el mundo desnudos, pero andamos desnudos. En lugar de darnos las manos deberíamos darnos el sexo. Sólo así nos conoceríamos verdaderamente. En cada ser se revela el universo y al conocerte me entregaste las llaves de un sitio extraño, poco visitado, como uno de esos paisajes de sueño que vemos desde la altura de nuestro vuelo. A veces el soñador, como un ave, se posa por un segundo en una rama florida. Quisiera quedarse allí y gozar de la brisa. Pero el viento lo empuja y no tiene más remedio que volar.

Al abrir los ojos después de conocerte, tuve un vislumbre de la placidez. Pero me aterrorizó. Soy ave de tormentas. La paz es una forma de la muerte. Quiero la vida y los instantes.

Te quiero mucho.

Marco Tulio Aguilera Garramuño
No. 86, Marzo-Abril 1981
Tomo XIV – Año XVI
Pág. 642

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