Aún vive

Yo le conocía tanto por las deformaciones imitativas como por el libro que en forma de novela ocultaba su verdadera biografía. Me dio pena de verlo con el traje raído y manchado de grasa, hurgando desesperadamente con su viejo bastón entre los montones de basura. Mostrando extrañeza, osé acercarme para tener el honor de cruzar unas palabras con él.

—¡Conde Drácula! ¿Qué hace usted en esta barriada donde abundan las maleantes”

Me miró larga y tristemente, ultrajado —creo— por haber sido reconocido en tan deprobables circunstancias.

—Qué quiere usted, gentil doctor: los reveses de la fortuna y la vejez han destruido mi antigua grandeza, pero no mi antiguo mal. Carente de dinero y fascinación, recurro a este abominable menester de buscar gasas y lienzos ensangrentados con los que preparo infusiones para serenar el torbellino de mi espíritu.

Saqué de mi maletín un frasco de plasma y se lo regalé. Los ojos del Conde se abrillantaron con unas lágrimas inevitables; luego, con voz que la emoción quebraba, musitó la palabra gracias y se alejó con prisa.

Roberto Bañuelas
No. 91, No. de 20 Aniversario – 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 367

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