Cotidiana

Se ha descubierto otro cuantioso fraude en una Dependencia Gubernamental. Alguien pregunta:

—¿Quién es el principal sospechoso?

—¡El chivo expiatorio! —le informan.

Ricardo Fuentes Zapata
No. 91, No. de 20 Aniversario – 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 379

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Fábula del mar en los ojos


Un hombre que era extranjero hasta de sí mismo se enamoró de una mujer extraña. Y se lo dijo. Pero ella era una mujer extraña. Si me quieres, le dijo, yo no sé si pueda quererte. La mujer tenía el rostro iluminado por un misterio hermoso y sin sobresaltos. Y, ¿cómo podré convencerte de que me quieras?, preguntó el hombre. Yo no conozco el mar, dijo la mujer, no conozco el bosque ni la selva. Sueño con orquídeas desde que las oí mencionar. He vivido en mi casa desde que nací. No he ido más allá de los límites de mi barrio.

En la expresión de la mujer había algo semejante a una tristeza serena, a un aburrimiento domesticado, a una desesperanza ya vieja y sin solución. Y, sin embargo, como quien trata de pescar ballenas en el manantial del traspatio, se atrevió a pedir:

—Llévame a ver el mar.

—De acuerdo —dio el hombre—. Empaca y nos vamos.

—Pero quiero ir a pie, desnuda y con una venda en los ojos.

—No verás el camino.

—Tú me guiarás.

—Pero entonces no podrás ver el bosque y las selvas: no conocerás las orquídeas.

—Quizá sí, a través de tus ojos.

—Y entonces, ¿me querrás?

—Antes de quitarme la venda, me describirás el mar. Luego cuando lo vea con mis propios ojos, sabré si puedo quererte o no.

Marco Tulio Aguilera G.
No. 91, No. de 20 Aniversario – 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 378

La cita

Salió del elevador de servicio y se dirigió presuroso al encuentro de su cita. Iba sonriendo, tarareando la melodía de moda. Revisó mentalmente su atuendo y la técnica que iba a seguir. Se sentía tranquilo, su conquista sobre ella sería total, de eso no tenía duda.

Sacó la llave y abrió la puerta. Entró al cuarto. La penumbra lo envolvió. Encendió la luz. Ahí estaba ella, de pie, aguardándole y como siempre la sonrisa en la boca y la cabeza ligeramente inclinada a un lado. Las manos extendidas hacia él.

La observó desde todos los ángulos. Se sonrió. Lentamente, evitando lastimarla, causarle algún daño, la fue desvistiendo. Primero el chal, después la mascada que le envolvía coquetamente el cuello. Con mucho tacto desabrochó un botón tras otro. Libres los botones, con una suavidad tiernamente pensada, le quitó la blusa. Sus pechos altos, firmes, erguidos, quedaron al descubierto.

Su sonrisa se ensanchó, el clímax se acercaba. Se limpió el sudor de la frente, nunca podía evitar sudar en momentos como éste. Le desabrochó la falda, le bajó el cierre y la dejó caer fuera de ella. Ahí estaba, por fin, en toda su desnudez; las suaves líneas ondulantes de su cadera, sus piernas firmes, sus pechos erguidos… Cuando sus cinco sentidos terminaron de extasiarse con ella, sabedor de lo bien que lo había hecho hasta ese momento, tomó Carlos al maniquí y se lo llevó al operador del segundo piso.

Golde Cukier
No. 91, No. de 20 Aniversario – 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 377