Pobreza


Los senos de aquella mujer, que sobrepasaban pródigamente a los de una Jane Mansfield, hacían pensar en la pobreza de tener solamente dos manos.

Edmundo Valadés
No. 91, No. de 20 Aniversario – 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 392

De la educación filial


La señora de Sie, que había enviudado muy joven, adoraba a sus hijos y no permitió que nadie, excepto ella, se pusiera en contacto con los mismos hasta que llegaran a la pubertad. Cuando los hijos de la señora de Sie llegaron a la pubertad, el mayor se hizo monje anacoreta, el segundo entomólogo y la hija menor fue a dar, luego de ciertos hechos que no vienen al caso, a un burdel donde concedió favores sólo a monjes anacoretas y entomólogos.

Rodolfo Modern
No. 91, No. de 20 Aniversario – 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 387

La caza


Apenas apartas la última rama y la ves, supones que se acostará contigo. La percibes restregando la ropa junto al río, en un marco de corrientes que se define a través de las rocas, y no sabes porqué te atrae pero presiento que es por lo mismo que a mí. Después de caminar dos horas por la sabana buscando algún conejo para insertarle dos balazos, nada te provoca más que hacerla vulnerable. Le pides que te acompañe a la choza y me molesta que siempre las consigas a todas. Mientras caminamos descubrimos su paso y notamos que no hace ruido sobre las hojas secas. Comemos, y se acerca contigo en la parte alta de la litera, pienso que tendré que soportar el peso y los gemidos.

Después de la lucha, me despiertan unas gotas que caen sobre mi cara, imagino que la muy desgraciada ha debido orinarse, prendo la vela y veo que es sangre. Presiento su virginidad. Me levanto y por fin la descubro sobre tu cuerpo inerte, con los dientes ensangrentados, con esa impresión diabólica que me mostraba en el río, con esas ansias de convertirme en su próxima presa, con esa sed de muerte que persigue mi fuga a través de la noche.

Antonio López Ortega
No. 91, No. de 20 Aniversario – 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 384

La puerta


Llevaba andando mucho tiempo a través de callejuelas anodinas de la ciudad. Buscaba una dirección que tenía grabada en su pensamiento, y confiaba encontrarla, aunque aún tuviera que atravesar bastantes charcos repugnantes.

Apenas se detenía un momento para leer las placas de las calles, guiándose así en la dirección que creía correcta. En seguida se ponía en marcha, sin reparar en los escasos transeúntes, ni en los curiosos detalles que siempre ofrece un paseo por la ciudad, sobre todo cuando se tiene prisa.

Por fin, llegó a la plaza recoleta que estaba al fondo de la calle. En el centro de la pared de enfrente había una puerta y encima un número que correspondía con la dirección que tan bien se sabía.
En su mano tenía la llave, que, junto con la dirección había recibido por correo, y ya no le quedaba otra cosa que hacer sino abrir la puerta y salir de dudas.

Metió la llave en el agujero y dio media vuelta. Tiró de la puerta y empezó a abrirse.

Existen tres versiones del resultado. La primera es que, al abrirla, creyó encontrarse ante un espejo, pero que en realidad estaba ante un retrato suyo.

La segunda, que se encontró ante un muro.

Y la tercera, que la puerta se movía tan despacio que desistió antes de poder mirar dentro, aunque fuera por una rendija.

Antonio Fernández Molina
No. 91, No. de 20 Aniversario – 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 381