La caza


Apenas apartas la última rama y la ves, supones que se acostará contigo. La percibes restregando la ropa junto al río, en un marco de corrientes que se define a través de las rocas, y no sabes porqué te atrae pero presiento que es por lo mismo que a mí. Después de caminar dos horas por la sabana buscando algún conejo para insertarle dos balazos, nada te provoca más que hacerla vulnerable. Le pides que te acompañe a la choza y me molesta que siempre las consigas a todas. Mientras caminamos descubrimos su paso y notamos que no hace ruido sobre las hojas secas. Comemos, y se acerca contigo en la parte alta de la litera, pienso que tendré que soportar el peso y los gemidos.

Después de la lucha, me despiertan unas gotas que caen sobre mi cara, imagino que la muy desgraciada ha debido orinarse, prendo la vela y veo que es sangre. Presiento su virginidad. Me levanto y por fin la descubro sobre tu cuerpo inerte, con los dientes ensangrentados, con esa impresión diabólica que me mostraba en el río, con esas ansias de convertirme en su próxima presa, con esa sed de muerte que persigue mi fuga a través de la noche.

Antonio López Ortega
No. 91, No. de 20 Aniversario – 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 384

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