Las ninfas


Paracelso limitó su habitación a las aguas, pero los antiguos las dividieron en ninfas de las aguas y de la tierra. De éstas últimas, algunas presidían sobre los bosques. Las hamadríadas moraban invisiblemente los árboles y perecían con ellos; de otras se creyó que eran inmortales o que vivían miles de años. Las que habitaban en el mar se llamaban ocreánidas o nereidas; las de los ríos náyades. Su número preciso no se conoce; Hesíodo aventuró la cifra de tres mil. Eran doncellas graves y hermosas; verlas podía provocar la locura y, si estaban desnudas, la muerte. Una línea de Propercio así lo declara.

Los antiguos les ofrendaban miel, aceite y leche. Eran divinidades menores; no se erigieron templos en su honor.

Jorge Luis Borges
No. 64, Abril – Mayo 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 533

Jorge Luis Borges
No. 91, No. de 20 Aniversario – 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 408

Un saludo, Juan…


Todos los aparatos de la secreta base dieron la alarma, radares y sonares anunciaban el peligro y los veloces cazas bombarderos, las lanchas torpederas, los cruceros, todos, todos, todos ellos en cosa de segundos llegaron hasta el ubicado punto de peligro. El despliegue defensivo fue perfecto, pasmoso en su celeridad y en lo preciso, todas las armas apuntaban al océano. De pronto, salió, salió a la superficie. Era un extraño aparato, pintado de amarillo con unas flores pintadas en la proa, un submarino amarillo muy hermoso, inofensivo, del que salió John Lennon tocando su guitarra.

—Hi fellows— dijo, y comenzó el concierto.

Luis A. Chávez
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 183

Luis A. Chávez
No. 91, No. de 20 Aniversario – 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 406

Por equivocar la consulta


Un hombre está a punto de morir. Recuerda que las religiones proponen la salvación del alma, la inmortalidad y él desea sobrevivir en el más allá. Quiere encomendar su alma a Dios. Pero resulta que toda su vida fue agnóstico, así que de pronto se encuentra con un problema que ya no tiene tiempo de enfrentar. ¿A qué dios invocar antes de exhalar su último suspiro? ¿Acaso al de los cristianos o a Buda o quizá a Alá o a Jehová, probablemente a alguna deidad griega o azteca? Desesperado, sintiendo la muerte muy cerca, rodeando su cuerpo agónico, pide un diccionario y lo consulta. Casi al azar, rápidamente, selecciona un nombre a través de un dedo incierto: Brahma: Dios de los indios. Y a él se encomienda, le dirige palabras confusas pidiendo misericordia y perdón por sus pecados. Piedad, en una palabra.

Después de la muerte, un sacerdote católico apareció allí por mero accidente, dijo al conocer el caso:

—No supo escoger cuidadosamente. Por error le dieron el diccionario de la Real Academia Española, en donde muy a las claras indica que Brahma es falsa deidad venerada por idólatras y no el verdadero Dios. Pobre hombre, su alma ya debe estar quemándose en el infierno

René Avilés Fabila
No. 91, No. de 20 Aniversario – 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 402

El buen pastor

¡Vamos, vamos! Gritaba Luzbel animoso, tratando de levantar la moral de los habitantes del infierno, ¡diviértanse y dejen ya las quejas! ¿o es que se la pasarán en eterno sufrimiento sólo por darle a Ése soberbio?

Francisco Silva García y Lidurbelia Godínez
No. 91, No. de 20 Aniversario – 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 400