El cumpleaños adulto o los treintaitantos

Llegaron cargados de pasteles con velitas, regalos inútiles, besos y abrazos, flores, fotos, muchas fotos, buenos deseos. Pero ella, sin darse cuenta de su presencia, siguió sentada, sola dentro de ella misma, sola en toda la casa, absorta en una novela policiaca.

Ocasionalmente se levantaba a contestar el teléfono. La conversación era siempre la misma: “Gracias —tu siempre tan amable— a estas alturas más vale ni acordarse de que tiene uno un año más —no, no voy a hacer nada, mi muchacha se fue al pueblo por tres días— si, de verdad, es lo mejor —muchas gracias— saludos a todos”.

Y el tumulto bullicioso de recuerdos invadía insistente la soledad de su casa. Pero todo fue inútil. Ella siguió adelante con su lectura — a pesar de las voces de sus padres, ya muertos, y los gritos y las risas de sus amigas, desaparecidas a través de los años, y los abrazos de sus hermanos y tías y primas, tan ocupados ahora, tan llenos de compromisos ineludibles. Por fin supo quien era el asesino, nunca se lo hubiera imaginado. Sonrió intrigada y satisfecha, sin percatarse que las velitas de los pasteles se habían derretido todas y las serpentinas y las fotos se decoloraban irremediablemente y el papel de china de los regalos, ajado y roto, ya no servía para nada. Se levantó a preparar la cena. Cuando su marido llegó en la noche, la besó con el cariño de siempre y le dio un billete doblado en cuatro. “Te compras lo que quieras, mi vida; yo no tuve tiempo”, le dijo. Ella le sonrió agradecida, cenaron tranquilos, con apetito, y en los rincones, por debajo de las puertas, detrás de los cuadros, los recuerdos terminaron por desaparecer, uno a uno, ofendidos porque nadie los había tomado en cuenta, dolorosamente concientes, por vez primera, de su anacronismo e inutilidad en la vida de ella —su madre y su hija, su patria— razón de ser y no ser de ellos, los recuerdos que se tienen que olvidar.

Ana F. Aguilar
No. 48, Septiembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 267

Edmundo Domínguez Aragonés

Edmundo Domínguez Aragonés

 Nació en Argentona, España, el 27 de noviembre de 1938. Es poeta y narrador. Se naturalizó mexicano en 1958.

Estudió letras en la Universidad de Guadalajara; fundó y dirigió el suplemento dominical Opinión Cultural! con Horacio Enrique Nansen, en Guadalajara, Jalisco, México; colaboró en los diarios El Occidental, El Informador y La Calle, que fundó con José Barrera Ortiz.

Fue director adjunto de la Presidencia; director de la Organización Editorial Mexicana; subdirector de supervisión y operación de la Dirección de Análisis y Evaluación de la Dirección de Radio Televisión y Cinematografía; colaborador en Notimex; y director-editor de Entrelíneas de información política.

Ha colaborado en Revista Instituto Politécnico Nacional (fundador), Revista de la Universidad de México, Tiempo, Hoy, Siempre!, Siete, La Palabra y el Hombre, El Día, El Gallo Ilustrado (subdirector), Ovaciones, El Universal, El Sol de México y Excelsior.

Su novela La fiera de la piel pintada obtuvo el Premio Plaza & Janés de Novela Policiaca 1985-1986[1].

Culpable


Un hombre había cometido un crimen sangriento. En el fondo de su ser no existían los datos que en el exterior, a decir de Lombroso, revelan al criminal y, a pesar de no ser un asesino, en un momento en que las circunstancias se lo exigieron, había matado a otro hombre. Acongojado por la culpa, sin tener a mano un confesor, ni siquiera un espejo, y ante el temor de delatarse durante el sueño, salió al campo, hizo un hoyo, de una anchura tal en la que apenas su boca cupiera y ahí, de hinojos, con un gran grito que le salió quién sabe de donde, confesó a la tierra su crimen. Descargado de su yerro, volvió al hogar. Iba contento y el aire le acariciaba el pelo, ensortijándolo; pero ese mismo aire le llevó una voz, que él creyó reconocer como la suya. Una voz que relataba su delito. Cuando descubrió que el hoyanco que había horadado tenía otra salida —“quizá coincidió con el túnel de un topo”— el hacha del verdugo cercenaba su cuello.

Edmundo Domínguez Aragonés
No. 48, Septiembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 265

Aviso

i. m. Julio Torri

La isla prodigiosa surgió en el horizonte como una crátera colmada de lirios y de rosas. Hacia el mediodía comencé a escuchar las notas inquietantes de aquel canto mágico.

Había desoído los prudentes consejos de la diosa y deseaba con toda mi alma descender allí. No sellé con panal los laberintos de mis orejas ni dejé que mis esforzados compañeros me amarraran al mástil.

Hice virar hacia la isla y pronto pude distinguir sus voces con toda claridad. No decían nada, solamente cantaban. Sus cuerpos relucientes se nos mostraban como una presa magnífica.

Entonces decidí saltar sobre la barda y nadar hasta la playa.

Y yo, oh dioses, que he bajado a las cavernas de Hades y que he cruzado el campo de asfódelos dos veces, me vi deparado en este destino de un viaje lleno de peligros.

Cuando desperté en brazos de aquellos seres que el deseo había hecho aparecer tantas veces de este lado de mis párpados  durante las largas vigías del asedio, era presa del más agudo espanto. Lancé un grito afilado como una jabalina.

Oh dioses, yo que iba dispuesto a naufragar en un jardín de delicias, cambié libertad y patria por el prestigio de la isla infame y legendaria.

Sabedlo, navegantes: el canto de las sirenas es estúpido y monótono, su conversación aburrida e incesante; sus cuerpos están cubiertos de escamas, erizados de algas y sargazo. Su carne huele a pescado.

Salvador Elizondo
No. 48, Septiembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 263