La toma

La acción fue rápida esa noche. No se perdió ni un solo instante; en cuestión de minutos clausuraron las puertas, encadenándolas, poniendo la bandera rojinegra y los carteles que decían: “HERMANO, REHUSA SERVIR EN ESTE CASTILLO: LAS CADENAS QUE NOS DAN ESTÁN DESAFINADAS. UNIDOS VENCEREMOS. FANTASMAS ASOCIADOS”.

Alejandro González Ruiz
No. 48, Septiembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 281

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Escena I

El sabor de la sangre tibia que se apretaba en mi boca me embriagaba, y el dolor en el vientre me insensibilizaba, y el dolor en el vientre me insensibilizaba a todo estímulo. Por fin, no pudiendo resistir más, mis labios explotaron lentamente y la sangre salió a borbotones de mi boca. Yo caí con ella. Creí, quise arrastrarme y al hacer esfuerzos tosía. Cada vez que tosía, arrojaba yo un buche de esa masa oscura y jaleosa, babosa y tibia. Me di al fin por vencido; sudaba y el sudor me lastimaba. Voltee hacia donde pude y vi el rastro de sangre y vísceras que había yo dejado. Escasos 60 centímetros, tal vez; me había arrastrado de lado. Creo que quise pedir auxilio, gritar. Pero lo único que logré fue un ardor de fuego en la garganta que se sumó a mis demás sufrimientos. Sabía que el velador no volvería y que nadie estaba cerca, nadie que me socorriera. Recordé cómo, borracho, se me había echado encima y apuñalado el vientre. De eso hacía apenas quince minutos. ¡Quince minutos largos y desesperantes! Aún sentía yo el puñal penetrar bruscamente en mi cuerpo, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez. Haciendo un último esfuerzo, quise alcanzar el teléfono; pero sólo logré tirarlo y romperlo. Duele decirlo: lloré; lloré de desesperación, de miedo a morir, de dolor. Mi respiración era difícil. Casi no podía yo respirar sin tragar un buche de esa sangre rabiosa. Comprendí que mis minutos habían terminado, que mi luz se apagaba. Comprendí que era la hora final. Quise murmurar una oración y cerré los ojos. Poco después de expirar, oí que alguien gritaba: “¡Corte!”.

Gilberto J. Signoret
No. 48, Septiembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 279

Pacto cumplido

Después de una punzada de humana compasión, el gran mago ofreció al rey, mediante un pacto, salvarlo de la terrible enfermedad del tedio de los placeres conocidos.

—Con esta llave abrirás la puerta que conduce al jardín de los placeres ignotos —dijo el mago.

El rey, sometido a una prolongada e intensa tortura de los nuevos placeres, quiso abandonar el lugar; pero el mago, sereno y poderoso, le recordó que en el pacto hubo el compromiso de darle la llave para entrar, mas no la de salir.

Roberto Bañuelas
No. 48, Septiembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 275

La Sra. Rodriguez de Cibolain

La casa dela Sra. Rodríguez  de Cibolain siempre le ha provocado, no bien traspone el umbral, la sensación de ser otro; otro que ciertamente no es él, sino alguien que habita provisto de una modalidad óntica imprecisa, esa casa lujosa, lóbrega y deteriorada; alguien de cuya experiencia emana, a su vez una radiación o quizás un aroma expansivo y horrible. Se trata probablemente del espíritu primario de alguna entidad misteriosa, infamemente vinculada con el ser de la señora Rodríguez de Cobolain que hace posible, por una manipulación inefable de la esencia, que la señora pueda infundir su propia naturaleza a todos aquellos que penetran en ese espacio en el que su mirada impera como un espíritu glauco, inquietante, capaz de transformar a unos de otros y a otros en ella.

Salvador Elizondo
No. 48, Septiembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 271