El espejo

Aunque descubrió sus malas intenciones, lo dejó acercarse. Separó sus muecas, la burla de su lengua que casi tocaba la suya, pero cuando intentó retirarse, entonces, sacando la mano del espejo le dio una bofetada.

Lucio Estévez
No. 48, Septiembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 295

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Las monedas

Y en los últimos estertores de la asfixia, el ahorcado abrió su mano y entre sus dedos aparecieron las treinta monedas de plata.

Alberto Huerta
No. 48, Septiembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 295

Y el hombre se sintió solo

Y el hombre se sintió solo.

Miró a su alrededor un paraíso de metales. El sol brillaba aún con la tibieza y la calidez de la vida, pero el hombre sabía que en toda la extensión del planeta no había ningún otro ser vivo. Únicamente él, experimento de la última sabiduría humana, sobrevivió en el cataclismo final. Era ya un mecanismo más sencillo que la fotosíntesis, más fácil que la ósmosis, más natural que la simbiosis absoluta con el ambiente. Había sufrido muchas transformaciones, pero su inteligencia era todavía íntimamente humana y se asombraba ante el milagro de su supervivencia.

—¡Dios! —oró inconscientemente— No me abandones.

Y se envolvió en el sueño.

El hombre era una célula. Dios tomó su materia, la dividió y la bendijo: “Creced y multiplicaos”.

Y nuevamente comenzó el ciclo de la vida.

Mari Zacarias
No. 48, Septiembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 294

¡Por favor, atiéndame…!

Y estaban bebiendo, juntos, codo a codo, Esteban, Chon el churrero, José, Pedro, Miguel —picado de viruelas—, Arcadio, Manuel, Tomás —sastre de polendas porfiristas—, Filiberto, Guillermo, Amador —cesante por causas de la pinche política—, Doroteo, Honorio Zacarías —el del retruécano pícaro—, Damián, Torcuato, Gaspar, Celestino, Víctor, Epigmenio —próspero burócrata del partido en el poder—, David, Felipe, Agustín, Emmanuel —“¡son las tinieblas, que presagian el fin del mundo!”—, Chabelo, Héctor, Alfredo, Eugenio, Silverio —¡ole!, le dice a su mujer en ciertos íntimos momentos—, Rogelio, Victoriano, Cesáreo, Ceferino, Mario, Polo —así llamado por sus amistades trasvestistas—, presenciando el alunizaje en el aparato televisor de la pulquería “Las buenas amistades”, cuando en la sala apareció un tipito que con voz ¿aguardentosa? Les dijo “’Hola!”

—¡Sáquenlo!

—¡Cállese, cácaro!

—¡Maldita sea, no interrumpas!

—¡Me lleva la que me trajo, con éste…!

Y ante la lluvia de injurias de escasa cortesía hospitalaria, el tipito no tuvo más alternativa que introducirse al aparato televisor, a la altura de la escalerilla del módulo “Águila”, dándole un pequeño empujoncito a Armstrong y pensando muy decepcionado “¡Ni modo, no creen que soy lunático!”.

Alfonso Prado Soto
No. 48, Septiembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 293

Siete pedruzcos

—¿Soy acaso la última de los humanos? ¿Qué significa la supervivencia para una ciega nonagenaria? ¡Quiero morir!

Una voz, preludiada por truenos, hace acto de imposición:

—¡Vives para sembrar la simiente de los nuevos hombres!

—¿Eres Dios o el Diablo?

—Sólo te importa que morirás si me obedeces. Coge siete guijarros y aviéntales.

Reptando, la vieja toma y avienta siete piedrecitas, que ya en el suelo serán envueltas por la arena que mueve el viento. La voz proclama:

—¡Los hombres fueron animales, mas ahora han de germinar de las piedras!

Arturo César Rojas Hernández
No. 48, Septiembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 285