Tres palabras

Despertó con la dulce certeza de su presencia. Se sonrió en la semipenumbra, demasiado adormilada como para separar los párpados. ¿Pero qué falta le hacía? Sabía que era él: el corazón se le hinchaba de amor. Atisbó por entre las rubias pestañas y vio la silueta adornada recortarse contra la luz del candil, negra, negra. Se incorporó sobre las almohadas, siempre abierta la sonrisa, agradeciéndole en silencio a Dios el haberla bendecido con aquel amor tan inmenso y tan exótico… Los oscuros labios de la silueta comenzaron a moverse, y ella se estremeció, anhelante de aquellas sus tres palabras de siempre, que la colmaban de dicha y de deleite: Yo te quiero. Esperó.

—¿Rezasteis vuestras oraciones? —dijo el Moro.

Carlos María Federici
No. 48, Septiembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 309

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Reanudación del ciclo

Muerte total acaba de coronar el odio de siglos.
En una de las ruinas se han concentrado los fundadores del Averno: —deforme conjunto de alas, cuernos, colas y pezuñas. Ahí, una voz llena la atmósfera:

—Felicítoos, que al mundo cubrió el fuego. Otra misión os aguarda. Nuestro supremo adversario ya creó una pareja: regresarán las sociedades. Repetiréis lo logrado en Ur, Palenque, Mohenjo Daro y Nueva York. Difundiréis el mal. Proseguiréis el trabajo.

Metamorfosis: los demonios tornándose rudos hombres de ambos sexos, toscamente ataviados, quienes se disgregan con un grito en las bocas.

—¡A proseguir el trabajo!

¿Cederán los nuevos entes al ataque diabólico?

Arturo César Rojas Hernández
No. 48, Septiembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 304

Lo eterno

Tenía la certidumbre de que nadie se hallaba en el alcázar. No obstante, la presencia de alguien invadía los espacios. Transpuso cien umbrales cruzando por cien puertas. Finalmente, en el último lecho…

—¡Otelo, mi amor!

Y por siglos, sobre ellos, silencio se materializó; sombras que cobraron sonoridad; polvo frío, gris, en mudo descender…
La vida descubrió los huesos de la muerte, hombre y mujer, unidos en la nada y el todo del amor.

S. B. Garibay
No. 48, Septiembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 300