Lo eterno

Tenía la certidumbre de que nadie se hallaba en el alcázar. No obstante, la presencia de alguien invadía los espacios. Transpuso cien umbrales cruzando por cien puertas. Finalmente, en el último lecho…

—¡Otelo, mi amor!

Y por siglos, sobre ellos, silencio se materializó; sombras que cobraron sonoridad; polvo frío, gris, en mudo descender…
La vida descubrió los huesos de la muerte, hombre y mujer, unidos en la nada y el todo del amor.

S. B. Garibay
No. 48, Septiembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 300

Opina

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s