Tres palabras

Despertó con la dulce certeza de su presencia. Se sonrió en la semipenumbra, demasiado adormilada como para separar los párpados. ¿Pero qué falta le hacía? Sabía que era él: el corazón se le hinchaba de amor. Atisbó por entre las rubias pestañas y vio la silueta adornada recortarse contra la luz del candil, negra, negra. Se incorporó sobre las almohadas, siempre abierta la sonrisa, agradeciéndole en silencio a Dios el haberla bendecido con aquel amor tan inmenso y tan exótico… Los oscuros labios de la silueta comenzaron a moverse, y ella se estremeció, anhelante de aquellas sus tres palabras de siempre, que la colmaban de dicha y de deleite: Yo te quiero. Esperó.

—¿Rezasteis vuestras oraciones? —dijo el Moro.

Carlos María Federici
No. 48, Septiembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 309

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