Vaca


Dicen que tiene una mirada tonta pero no, no es así, los que dicen eso mienten o no saben ver: es una mirada serena, larga, dulcísima, esa mirada que carece de un color definido y que por eso mismo tiene todos los colores. Mirada bovina, sugieren algunos con un tonito peyorativo que es mejor ignorar o pasar por alto ya que uno sabe que en realidad son incapaces de comprender, y uno vuelve a casa todos los días para encontrar esa mirada que es vehículo y a la vez envoltura protectora, uno vuelve para sentirse consolado, calmado, sereno, alimentado; uno vuelve todos los días todos los días todos los días desde hace más de diez años; uno vuelve todos los días hasta que un día es el último día, cuando la mirada no está, ha desaparecido, se ha ido; cuando uno busca desesperadamente su calorcito acostumbrado y no lo encuentra, cuando uno empieza a sentir frío y al final, sobre la mesa de la luz, ve la carta y abre la carta y lee la carta y la carta dice ve voy con Carlos, por lo menos él me trata como a una mujer, no como a una vaca.

Eduardo Gudiño Kieffer de “La hora de María y el pájaro de oro”
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 615

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Oliverio Girondo

Oliverio Girondo

Nació el 17 de agosto de 1891 en Buenos Aires en el seno de una familia adinerada, lo que le permitió desde niño viajar a Europa. Gracias a esto estudió en París y en Inglaterra. Escribió y publicó desde muy joven.

Participó en las revistas que señalaron la llegada del ultraísmo (la primera vanguardia que se desarrolló en Argentina), como Proa, Prisma y Martín Fierro, en las que también escribieron Jorge Luis Borges, Raúl González Tuñón, Macedonio Fernández y Leopoldo Marechal, la mayoría de ellos del Grupo de Florida que en contraposición al Grupo de Boedo se caracterizaba por su estilo elitista y vanguardista.

Girondo fue uno de los animadores principales de ese movimiento. Y ejerció influencia sobre poetas de las generaciones posteriores, entre ellos el surrealista Enrique Molina, con quien tradujo Una temporada en el infierno, de Arthur Rimbaud.

Sus primeros poemas, llenos de color e ironía, superan el simple apunte pintoresco y constituyen una exaltación del cosmopolitismo y de la nueva vida urbana e intentan una crítica de costumbres.

En 1926, en un almuerzo organizado en honor a Ricardo Güiraldes, conoció a Norah Lange, poetisa con la cual se casó en 1943 y con quien emprendería innumerables viajes.

Desde 1934 mantuvo una importante amistad con Pablo Neruda y Federico García Lorca, quienes por esa época se hallaban en Buenos Aires. A partir de 1950 comenzó también a pintar con una orientación surrealista, aunque nunca expuso sus cuadros.

Su último libro, “En la masmédula” (1953), es un desesperado intento de expresión absoluta. Enrique Molina señaló: “Hasta la estructura misma del lenguaje sufre el impacto de la energía poética desencadenada en este libro único. Al punto que las palabras mismas dejan de separarse individualmente para fundirse en grupos, en otras unidades más complejas, especie de superpalabras con significaciones múltiples y polivalentes, que proceden tanto de su sentido semántico como de las asociaciones fonéticas”. Algunos críticos relacionaron este último gesto vanguardista de Girondo con un libro igualmente desesperado, constructor y destructor del sentido: “Trilce”, del peruano César Vallejo.

En 1961 sufrió un accidente muy grave que lo dejó imposibilitado físicamente. Murió el 24 de enero de 1967[1].

 

Mujeres volátiles


No se, me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso si! —y en esto soy irreductible— no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!

Oliverio Girondo
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 612

Cuatro minificiones

1.- Esa mañana se despertó feliz… estaba seguro de alcanzar todo aquello que se propusiera… No había nadie que se pusiera en su contra… Sólo que él no sabía que esa era una isla desierta…

2.- Ya no sería negro. Ese era su deseo. Se paró en la oscuridad y se fue a vivir a un sueño.

3.- No podía creer lo que sus ojos veían: todos eran amigos y amantes. No existían problemas ni barreras sociales. Negros y blancos se tomaban de la mano. Tampoco faltaban banqueros y vagabundos jugando a las cartas.

Solamente comprendió todo al salir de ese lugar llamado “Manicomio Municipal”.

4.- Yo le pido a Dios cada día que Él te otorgue el doble de lo mismo que tú deseas para mí.

Rubén Hinzpeter G.
No. 48, Septiembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 344