Un nervioso


Mis nervios desafinan con la misma frecuencia que mis primas. Si por casualidad, cuando me acuesto, dejo de atarme a los barrotes de la cama, a los quince minutos me despierto, indefectiblemente, sobre el techo de mi ropero. En ese cuarto de hora, sin embargo, he tenido tiempo de estrangular a mis hermanos. De arrojarme a algún precipicio y de quedar colgado de las ramas de un espinillo.

Mi digestión inventa una cantidad de crustáceos, que se entienden en perforarme el intestino. Desde la infancia, necesito que me desabrochen los tiradores, antes de sentarme en alguna parte, y es rarísimo que pueda sonarme la nariz sin encontrar en el pañuelo un cadáver de cucaracha.

Todavía, cuando llovizna, me duele la pierna que me amputaron hace tres años. Mi riñón derecho es un maní. Mi riñón izquierdo se encuentra en el museo de la Facultad de Medicina. Soy políglota y tartamudo. He perdido, a la lotería, hasta las uñas de los pies, y en el instante de firmar mi acta matrimonial, me di cuenta que me había casado con una cacatúa.

Las márgenes de los libros no son capaces de encauzar mi aburrimiento y mi dolor. Hasta las ideas más optimistas toman un coche fúnebre para pasearse por mi cerebro. Me repugna el bostezo de las camas desechas, no siento ninguna propensión por empollarle los senos a las mujeres y me enferma que los boticarios se equivoquen con tan poca frecuencia en los preparados de estricnina.

En estas condiciones, creo sinceramente que lo mejor es tragarse una cápsula de dinamita y encender, con toda tranquilidad, un cigarrillo.

Oliverio Girondo
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 657

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Vocación


Negro negrito, mi muchachito.

De mascafrutas por los potreros, palangana de peppermint por el tren, cantador de himnos por las capillas.

Panzudo y simpaticón, de risa y yes a flor de bemba.

Alegría de la abuela: uno para el otro y nada más en el mundo.

—¿Qué vas a ser cuando grande?

—¡Un blanco, Mista, un blanco!

Abel Pacheco
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 653

La alternabilidad en el poder


Todavía subsisten algunos ancianos que se acuerdan de aquel político que no pensaba en otra cosa que en la alternatividad en el poder.

Sostenía que en cada elección que se efectuara, debía cambiarse la orientación del gobierno; que todas las elecciones, sin excepción alguna, debía ganarlas el partido de oposición.

Sólo en esa forma funcionaría la democracia.

Cuando algún gobierno no lo hacía tan mal y ganaba las elecciones, este hombre se desesperaba, y soltaba con la lengua y con la pluma el Apocalipsis de San Juan con aditamentos; y sufría horriblemente, temiendo por el futuro y hasta por el presente de la Patria y de sus instituciones.

En cuanto un gobierno tomaba posesión de las riendas del Estado, este político se inscribía en el partido de oposición, para trabajar en sus ideas de alternabilidad. No le importaban las posiciones ideológicas, y así pasó de la izquierda a la derecha, fue comunista y conservador y comunista sucesivamente, siempre en nombre de la alternabilidad.

Todo iba muy bien mientras iba solo. Pero un día —cosas de la Providencia que dicen algunos— el Espíritu Santo descendió sobre él y le dio un don que no tenía: el de la elocuencia. Quiero decir que se puso tan convincente, que toda la gente del partido de gobierno, excitada por su ejemplo, se enroló con el en el partido de oposición; centenares de miles de ciudadanos hicieron lo mismo. No hay idea de la cantidad de gente que se pasó al otro, y así siguieron, inscribiéndose en el partido de la oposición al día siguiente de que los gobiernos comenzaban a trabajar.

Entonces los partidos de oposición ganaban todas las elecciones y la alternabilidad en el poder se cumplía para satisfacción de su adalid. Pero como la gente de da cada gobierno se pasaban a la oposición en el nombre de la alternabilidad en que todos creían, se llegó a una fórmula muy bonita de alternabilidad, dentro de la cual la misma gente gobernó aquel país durante décadas.

Alberto Cañas
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 652

Gallina


¡Como para no sorprenderse! Marta entró con una gallina negra debajo del brazo. Pero Marta, vos estás cada día más loca, para que traes esa gallina. Y Marta te respondió simplemente: hace mucho que no comemos gallina. Contra la lógica femenina no se puede hacer nada, pensaste, y sin embargo tu lógica masculina te obligó a decir hubiera sido mejor comprarla muerta, pelada y eviscerada, no cuentes conmigo para eso que tengo sueño y me voy a dormir. Y te fuiste a dormir y recién ahora, con doce campanadas lúgubres, te despertarás pensando quién va a matar a ese animal estúpido. Y te incorporás diciendo Marta, quien va a matar a ese animal estúpido. Pero Marta no está a tu lado. Marta, dónde te has metido, mujer. La luz de la luna llena entra por la ventana abierta de par en par. Te levantás para cerrarla y luego buscar a Marta en el interior de la casa pero no, no necesitarás buscarla porque allí, en el centro del jardín, entre las inocentes margaritas, está tu mujer degollando al ave temblorosa y alzándola muy alto para que la sangre caiga sobre sus párpados, sobre su frente, sobre sus mejillas, para que penetre entre sus labios entreabiertos, para que se deslice sobre su cuello, sobre sus hombros, sobre sus senos; allí está Marta cubriéndose de plumas negras, Marta primero canturreando e imitando torpemente un vuelo hacia cualquier parte, hacia todas partes, hacia ninguna parte, hacia un desconocido lejano sabbat del que no participarás nunca.

Eduardo Gudiño Kieffer, de “La hora de María y el pájaro de oro”
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 651