Isidoro Blaisten

Isidoro Blaisten, Isidoro Blastein, Isidoro Blaistein

(n. Concordia, Argentina, 12 de enero de 1933 – m. Buenos Aires, 28 de agosto de 2004) fue un escritor argentino.

Hijo de David Blaisten y Dora Gliclij, fue uno de los tantos judíos argentinos que poblaron las zonas rurales. Nacido con el apellido Blaisten, posteriormente lo cambiaría pasándose a llamar Isidoro Blastein, aunque en algunas ocasiones también firmó como Blaistein.

Miembro dela Academia Argentina de Letras desde 2001 y miembro correspondiente de la Real AcademiaEspañola, combinaba el ejercicio de la literatura con su oficio de librero de barrio, tras haber sido publicista y fotógrafo de niños. Colaboró con la revista “El escarabajo de oro” y con diversos medios periodísticos argentinos.

Su obra se caracteriza por el absurdo y un sutil sentido del humor con un excelente uso del habla coloquial.[1]

 


Cuestión de límites


Resulta que dos campesinos se presentan ante el Rey Salomón.
Se peleaban por una cuestión de límites. Sus tierras eran vecinas, sus campos eran linderos. En definitiva cada uno quería la parte más grande del campo. El Rey de Reyes meditó un instante. De pronto Salomón señala a uno de los campesinos:

—Tú divides —ordena.

El campesino saltó de alegría y se restregó las manos.

De pronto Salomón señala al otro campesina y ordena:

—Tú eliges.

Transcrito por Isidoro Blaisten
No. 92, 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 506

Predestinación

Caminaba el ingeniero por una calle vacía, absorto en sus pensamientos. Se topa con una vieja de apariencia indefinida, que le extiende su mano arrugada, al mismo tiempo que le sonríe mostrándole unos dientes amarillos y disparejos. El ingeniero nota con estupor que el contorno de su último edificio construido es idéntico a la silueta de los diente de la vieja, quien empieza a castañearlos, derrumbando el edificio. El ingeniero perece entre los escombros.

Antonio Lorenzo Monterrubio
No. 92, 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 505

Artemidoro de Éfeso

 Artemidoro de Daldis, o de Éfeso

Viajero incansable e intérprete profesional de sueños, Artemidoro de Daldis, que vivió en el Siglo II D.C. en Daldis, región histórica del reino de Lidia, escribió quizá la obra más grande de la antigüedad que se conoce sobre la interpretación de los sueños: Oneirocrítica. Con la recolección e interpretación de más de tres mil sueños Artemidoro emprendió la magna tarea de organizar y clasificar sistemáticamente la primera tipología onírica de la historia. Con diversas clasificaciones: distinguiendo entre sueños verdaderos, oráculos, visiones, fantasías y apariciones; entre sueños que predicen hechos futuros y aquellos que tienen que ver con el presente, Artemidoro comprendió que la clave de la interpretación y el significado de los sueños se relacionaba directamente con su simbolismo. La construcción del “símbolo” es el hecho central en la elaboración del lenguaje onírico, y es lo que hace de esta vivencia un hecho esencialmente humano y real. ¡Se anticipó a las teorías psicoanalíticas y a la lingüística contemporánea!

La obra de Artemidoro alcanzó alta popularidad, sobre todo en los intérpretes profesionales de sueños de la antigua Grecia, pero hasta hoy su modelo interpretativo es quizá la representación popular más extendida del saber onírico, que conserva su vigencia. Identificar lo que soñamos, el “símbolo”, asociarlo directamente con algún aspecto de lo cotidiano, familiar, social y pronosticar la conexión, del sueño con los soñantes, es una de las vías hacia su interpretación.

Otros sueños que interpreta Artemidoro son los siguientes: soñar con ser ungidas con aceites es muy favorable para las mujeres (excepto para las adúlteras); soñar que se vomita es un buen augurio para los cautivos o para los enfermos; con beber agua fría, de buena suerte; con beber agua caliente, de fracaso o de enfermedad futura. El quinto volumen de la obra de Artemidoro contiene 95 sueños reales, con sus interpretaciones y sus manifestaciones. En uno de ellos, un hombre exiliado (en mala situación económica) soñó que su madre le daba a luz dos veces. Volvió a su patria y descubrió que su madre estaba enferma. Pronto heredó de ella sus propiedades” (El sueño Sagrado, 2002)

La metodología de Artemidoro consistía en interrogar al soñante sobre su vida personal (nombre, profesión, fecha de nacido, estado de salud, de riqueza, estado civil) y teniendo en cuenta estos datos emprendía su interpretación, consultando listas de sueños. Además, se buscaban juegos de palabras, doble sentido del sueño y un tipo de técnica analítica glífica (a la manera de interpretación de los antiguos egipcios). Poco a poco se fue descifrando el mensaje.

Es Freud quien después de varios siglos retomó el trabajo de Artemidoro en su obra homóloga y recordó que los sueños son una de las construcciones simbólicas más importantes de la subjetividad y la cultura humana. Avanzando por las sendas de Artemidoro, Freud en cambió puso a hablar a sus soñantes, total que fueran ellos mismos quienes se aventuraran a descubrir y nombrar esa riqueza simbólica que habita en lo interior.

Gracias a Artemidoro de Daldis conservamos una de las obras más importantes de la literatura de los sueños, y recodamos el esfuerzo de un oniromante que entregó su vida y trabajo al fascinante, y por explorar, universo onírico.[1]


Mar y sueños


El célibe que desea casar, verá colmado su deseo si anda y camina fácilmente sobre el mar, en sueños. El hombre que hasta entonces viviere bajo la dependencia de un amo brutal y lamentándose bajo su férula, no conocerá sino la gracia de su opresor y sus beneficios. El viajero, realizará, después de tal sueño, un viaje tranquilo y aún ventajoso.

Aquel que ha encontrado obstáculos en la marcha de sus negocios, verá éstos esclarecerse y simplificarse, si en sueños camina sobre el mar, pues el mar representa el juez que, a su capricho, tiene bondades para unos y rigores para otros.

El mar se refiere asimismo a la mujer, a causa de su humedad, y a los personajes autoritarios y magníficos, a causa de su poderío. El joven que camine en sueños sobre el mar, conocerá los placeres del amor; la joven habrá de disponerse a caer en la lujuria, pues el mar es semejante a la prostituta que, pérfida como él, abunda también en atractivos, aunque cual el mar igualmente pierde muy a menudo a los hombres, los pierde y arruina y los derrumba.

Artemidoro de Éfeso
No. 92, 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 500