La enemiga


Al borde del sombrío lagunato, verde y viscoso, en aquel atardecer siniestro, descubrí de súbito un cadáver.

Era un cadáver de mujer, tenía las ropas negras pegadas al cuerpo, los cabellos sobre el rostro: estaba cubierta de fango y de hojas amarillas.

Me incliné sobre el cadáver, muda de asombro y disgusto: y me estremecí al descubrir que aquel cuerpo era el de la enemiga, la mil veces maldita, la odiada con toda el alma, y sin embargo más desgraciada que yo, bastante más desgraciada, puesto que estaba muerta a mis pies.

¡Dios mío! ¡Dios mío! —grité con una espantosa alegría de venganza— ¡Dios mío! Y extraje el cadáver del agua, le lavé el cieno y la sangre, le arranqué el sucio traje, cubrí de nenúfares y crisargirios el cuerpo desnudo, cerré los finos párpados, alisé los claros cabellos, dulcemente, mimosamente, con la ternura de una madre.

José Manuel Poveda
No. 92, 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 523

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